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Cultura

'Café', 28 años después

Las leyendas nunca tienen fechas precisas. Según las estadísticas, la telenovela 'Café con aroma de mujer', escrita por Fernando Gaitán, tuvo su edad de oro entre noviembre de 1994 y julio de 1995. Al parecer, se emitieron trescientos cincuenta capítulos de media hora, por el desaparecido Canal A, los cuales produjeron una conmoción emocional en Colombia, hasta llegar a niveles de rating nunca antes alcanzados por una historia de ficción para la pantalla chica. Considerada por muchos como una pieza de museo, 'Café con aroma de mujer' ha resucitado al Canal RCN y el espectro de su libretista pareciera, una vez más, demostrar que el misterio hipnótico del melodrama se lo llevó con su muerte. Una crónica personal de un clásico que no cesa.

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Guy Ecker y Margarita Rosa de Francisco, protagonistas de 'Café con aroma de mujer'.

Por Sandro Romero Rey

Pocas horas antes de que naciera nuestro hijo, Vivian le preguntó al médico cuánto tiempo iba a durar el procedimiento. “No nos demoramos”, le contestó el galeno. “Alcanzamos a ver 'Café'”. Eran las siete de la noche y la telenovela comenzaba a las ocho. Por supuesto, cuando nació Federico, ni Vivian ni yo pensábamos en ver Gaviota alguna, pero la historia sí me da la dimensión de lo que representaba, en aquel momento, la emisión de la fábula de la familia Vallejo. Y, la verdad, buena parte de un país post César Gaviria, con Pablo Escobar recién muerto y una constitución por implementarse se había aferrado a una ficción de cartón piedra para soñar con la felicidad. Tengo algunos recuerdos de su tras escena. A Fernando Gaitán lo había conocido sufriendo con Carlos Mayolo. Eran los tiempos en los que los directores de cine se colaron en la televisión y, gracias a ellos, el lenguaje de la llamada “pantalla chica” se había transformado. Mayolo había logrado posicionar una fábula delirante llamada Azúcar, en la que muchos participamos en su gestación. A Gaitán le tocó sufrir la última etapa de escritura y cuando, muchos años después, tuve el gusto de trabajar a su lado, me contaba como una verdadera pesadilla su experiencia con el director de Carne de tu carne. Pero pronto cobró venganza por sus propios medios. Se encerró a tomar y a escribir Café como un poseído y encontró su Santo Grial. Daba la casualidad de que varios de quienes formaron parte del equipo que sacó adelante Café eran mis amigos de otras lides: Pepe Sánchez, su director; María Vásquez, la editora y, sobre todo, las actrices Margarita Rosa de Francisco y Alejandra Borrero. Los veía poco, pero sabía que estaban instalados en el mundo de la televisión, al que mis colegas del teatro miraban con desconfianza. Y me encantaba oírles sus historias.
El melodrama, entre los puristas, no había sido un género muy agradecido. A pesar de ser el rey de la literatura desde el siglo XIX y el soporte incuestionable del nacimiento del cine de ficción, los intelectuales, durante mucho tiempo lo consideraron un artificio inaceptable, concebido casi como una suerte de opio del pueblo, alienante, cursi y de sospechosas consecuencias morales y políticas. Sólo el tiempo se ha encargado de darle su verdadero estatus y, gracias a la edad de oro del cine mexicano o a creadores contemporáneos (desde Pedro Almodóvar a Lars von Trier) el género ha vuelto a tener una segunda oportunidad sobre la tierra. Sin embargo, cuando Café con aroma de mujer se instaló en las pantallas, la telenovela era un asunto de segunda clase, destinada a distraer corazones melancólicos y nada más.

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