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Cultura

Vanguardias en el cine. ¿Se acabaron? ¿Ya no hay talentos?

El cine de vanguardia ha dejado piezas memorables a las que se refieren críticos e historiadores una y otra vez. Pero en las lógicas del mercado, donde la rentabilidad es la reina, los experimentos vanguardistas siempre han llevado las de perder.

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Por Gustavo Valencia Patiño
Los manuales de historia del cine y demás documentos informativos siempre enumeran con lujo de detalles los movimientos vanguardistas de los años 20. Entre ellos se destaca un cine de abierto carácter experimental, conocido como el avant-garde francés, donde los trabajos de los pintores Fernand Léger con Ballet mécanique (1924) y de Marcel Duchamp con Anémic cinéma (1926) son los más representativos de aquella época.
Años antes en Alemania también se configuró un cine aún más radical en su experimentación, denominado cine abstracto o cine absoluto, en el que Walther Ruttmann con sus cuatro Opus que van de 1921 a 1925; y los pintores Hans Richter con Rhytmus 21 (1921) y Viking Eggeling, de origen sueco, con Sinfonía diagonal (1923) son los más conocidos y renombrados. Los tres, que trabajaban conjuntamente, pretendían lograr una sinfonía visual con sus ensayos.
Vanguardias que apuntaban a explorar otras formas, otras posibilidades de expresión con este nuevo invento que, para esa época, llevaba muy pocos años de existencia, menos de tres décadas. Por tanto, invitaba a que se le explorara en otras vertientes diferentes a la narración, que ya poseía en esos años una fuerza inusitada gracias al gran capital que ya dominaba el cine internacional, de tal forma que pareciera que no existiera nadie interesado en otras búsquedas.
Realmente no ocurrió así y hubo muchos intentos de exploración con el nuevo medio, la mayoría de ellos caídos en el ostracismo y olvido. Muchos artistas y creadores vieron otras posibilidades con esta herramienta que entonces se utilizaba masivamente solo como fuente de entretención y para producir grandes sumas de dinero. Estos adelantados, que eran básicamente artistas de lo visual, intentaron descubrir otras formas de arte y creatividad con esta ficción de la imagen en movimiento. No es casual que precisamente artistas plásticos y creadores que trabajaron con la imagen pictórica, como también fotógrafos experimentales como Man Ray y Lászlo Moholy-Nagy, se sintieran atraídos por este novedoso artefacto y hayan sido los primeros artistas que motu proprio acudieron a trabajar en otras posibilidades de tipo no narrativo.
Los manuales de historiografía del cine, sin ningún recato ni confrontación, y ahora mucho más con internet, dicen que primero fueron los literatos. Esto fue porque a algunos los contrataron las casas productoras para escribir los entretítulos y así atraer más público, en especial el más culto. Por ejemplo ocurrió en Italia con el escritor Gabriele d’Annunzio, aunque no funcionó y resultó todo un fracaso comercial. Los que en verdad se acercaron por sí mismos, algo muy lógico, fueron estos artistas de la imagen que vieron otras opciones con el cine y se entregaron de lleno a estas exploraciones y ensayos.
Para finales de la década de los 20 y comienzos de los 30 ya se había consolidado el movimiento surrealista en literatura y pintura. Aparecieron los primeros trabajos en cine con algunas de sus características y el más famoso hasta nuestros días es El perro andaluz (1929) de Salvador Dalí, de nuevo otro pintor, y Luis Buñuel, un gigante de la cinematografía mundial. Este cine surrealista encontró sus raíces en el movimiento dadaísta, posterior a la Primera Guerra Mundial, del cual su más célebre ensayo fílmico es Entreacto (1924) de René Clair y Francis Picabia, este último otro pintor.
Las características comunes a todas estas diversas vanguardias que florecieron en muchos países en los 20 y los 30 no se encuentran ni en su forma ni en su contenido pues, claro está, todas son distintas y eso es lo que las hace particulares. Sus similitudes radican en el hecho de que es cine y como tal supone una taquilla y, por tanto, unos ingresos. Lo que no se somete a esta invisible como implacable ley del mercado capitalista inexorablemente sucumbe, se acaba en muy poco tiempo.
Las vanguardias fílmicas no han sido la excepción y, por ende, la efímera existencia de todas ellas respondió a estas condiciones materiales y reales de producir ingresos o perecer. La fuerte y muy consolidada industria del cine que existía desde años atrás ha puesto un alto nivel de ingresos por película como condición obligatoria para permanecer en el negocio. Esta condición, algo desconocida, explica también que prácticamente no exista casi nada entre las dos guerras mundiales y sólo al final de la segunda hayan aparecido ya no vanguardias sino movimientos que intentaron plantear nuevos rumbos, conceptos y estilos en el cine y que también desaparecerían muy pronto.

Las características comunes a todas estas diversas vanguardias que florecieron en muchos países en los 20 y los 30 no se encuentran ni en su forma ni en su contenido pues, claro está, todas son distintas y eso es lo que las hace particulares. Sus similitudes radican en el hecho de que es cine y como tal supone una taquilla y, por tanto, unos ingresos. Lo que no se somete a esta invisible como implacable ley del mercado capitalista inexorablemente sucumbe, se acaba en muy poco tiempo.

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