
Cien años del vampiro
El mundo conmemora los cien años de la película 'Nosferatu: una sinfonía del terror', del director alemán Friedrich Wilhelm Murnau. Desde entonces, ese personaje de terror y ficción ha atrapado las emociones del público y ha sido recreado en incontables ocasiones por la literatura, el teatro y, por supuesto, el cine. Homenaje a una obra maestra del arte del siglo XX.
Por Sandro Romero Rey
El 4 de marzo de 1977 se suicidó en Cali el escritor y crítico de cine Andrés Caicedo, uno de los gestores y cultores del llamado “gótico tropical”. En esa misma fecha, cincuenta y siete años atrás, se estrenó en Alemania la película titulada Nosferatu: una sinfonía del terror, dirigida por Friedrich Wilhelm Murnau quien se había basado en la novela Drácula del escritor de origen irlandés Bram Stoker. Mucho se ha dicho y se ha escrito acerca de este film que configura un género y consolida un estilo. Realizado dentro de los parámetros del expresionismo alemán, el largometraje muy pronto se vio salpicado por todo tipo de leyendas que ayudaron, a no dudarlo, a consolidar la genialidad absoluta de sus imágenes. Solo basta recordar que la película casi desaparece (de hecho, el negativo original ya no existe) porque los herederos de Bram Stoker (en realidad, su viuda) se enteraron del estreno inminente de la película y demandaron por un asunto de derechos de autor. La cinta que, en sentido estricto, era una adaptación de la novela, debió cambiar su nombre y estrenarse con el título con el que hoy se le conoce universalmente: Nosferatu. La palabra, extraída del libro, pareciera ser una explicación cifrada de la eternidad de los vampiros, cuyo significado vendría del rumano antiguo. Allí comienzan los malentendidos: ni el personaje protagonista se llama Nosferatu (como el monstruo de la novela Frankenstein de Mary Shelley tampoco se llama así), ni la palabra nosferatu existe. En la versión de Murnau, el vampiro es un tal Conde Orlok, de Transilvania, el cual se obsesiona por la esposa del inocente Thomas Hutter, quien viaja hasta los Cárpatos a venderle una vivienda al enigmático habitante de un castillo situado entre las brumas y el misterio.
El mito del vampiro tiene orígenes remotos y se remonta a la siniestra existencia del temible Vlad el Empalador, hasta internarse por los helados laberintos de las leyendas rumanas. Cuando apareció el cine, en 1895, muy pronto los parámetros del terror terminaron instalándose en sus historias. Desde las películas del mago George Méliès, en Francia, hasta la consolidación de un estilo en la Alemania de finales de la Primera Guerra Mundial. En el libro De Caligari a Hitler, de Siegfried Kracauer, se explica el porqué de la fascinación germánica alrededor de las fantasías siniestras, hasta llegar a materializarse en el horror del nazismo. Buena parte de las grandes películas europeas del período silente se basaron en leyendas del más allá (El gabinete del doctor Caligari, El estudiante de Praga, La muerte cansada…) y configuraron todo un estilo que trascendía los límites del realismo. Tanto la pintura como el teatro y, por extensión, el cine encontraron en el expresionismo una vena inagotable: la de considerar lo Feo como un recurso complementario de “las Bellas” Artes. El mundo no debería ser idealizado a través de la perfección, sino que en él también cabe lo ominoso, lo temible.
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