'C' de complaciente: una noche con Rosalía en Bogotá
Más allá del impresionante 'show' de la catalana, su figura en tarima invita a reflexionar sobre la modernidad, la hiperrealidad y la fragilidad de la figura pública.

Por Sebastián Narváez Núñez
En un mundo abrumador, hiperconectado, hiperdependiente de la tecnología y hasta extravagante por donde se le mire, encontrarse con un lienzo en blanco durante buena parte de un concierto es, cuanto menos, chocante y al mismo tiempo alivianador.
Contrario a la parafernalia que suele adornar los escenarios de figuras masivas en la industria del entretenimiento con su pirotecnia, sus llamaradas de fuego en el escenario, sus montajes colosales y visuales exagerados, lo que acompaña a Rosalía en el escenario, durante su Motomami World Tour, no es más que un sinfín blanco vertical que se extiende desde el techo hasta la parte de adelante de la tarima, una tela suspendida encima, dos pantallas verticales a los lados, un camarógrafo y un grupo de coreógrafos que también hacen parte de lo que las imágenes y el sonido relatan en las pantallas.
Eso, de entrada, propone una experiencia innovadora, un relato que por donde se le mire responde a las dinámicas de las redes sociales en la actualidad, donde la narrativa de la vida transcurre en un plano vertical y justamente es lo que la intención de este montaje está contando directamente a esta generación. De ahí parte una relación que se acomoda y retrata el momento del mundo que habitamos: un mundo constantemente instagrameable.

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