Feria del Millón: ¿A cómo la obra?
Entre el 29 de septiembre y el 2 de octubre la Feria del Millón celebrará los diez años de su nacimiento en dos escenarios muy representativos de Bogotá: la Plaza La Santamaría y el Planetario. Historia de una iniciativa independiente que ha logrado democratizar el arte, contada por uno de sus principales protagonistas.

Por Diego Garzón Carrillo, codirector de la Feria del Millón
Que la cultura es lo que menos importa en un país como Colombia. Que aquí nadie apoya el arte. Que el arte es aburrido y solo una inmensa minoría puede comprar obras de calidad. Que hacer gestión cultural es imposible y equivale a pedir limosna. Estos eran algunos de los prejuicios a los que nos enfrentamos hace diez años cuando, junto con Juan Ricardo Rincón, decidimos lanzarnos al vacío: hacer una feria de arte donde todas las obras tuvieran un precio tope de un millón de pesos. “¿Así de barato?”, nos preguntaban. No hicimos un estudio de mercadeo, tampoco un sondeo en el medio artístico. Solamente pensamos en que no había nada que perder y que, en el peor de los casos, él seguiría con sus proyectos de arquitectura y yo con los míos de periodismo.
El nombre sonaba al “banquete del millón”, una comida con la que el Minuto de Dios recogía fondos, y más de un chiste surgió de eso. Tampoco importó la nula experiencia en organización de eventos. Lo que importaba finalmente era que el nombre fuera lo suficientemente claro para que el público supiera a lo que se enfrentaba: el precio era un diferencial contundente respecto a otras ferias que existían en ese entonces –mediados de 2013– y otras que surgieron después, pero que por muchas circunstancias no lograron sostenerse en el tiempo.
Sin ánimo de provocar malestar con las galerías, la idea siempre fue una feria de artistas, un modelo que también generó opiniones en contra: “Cómo así que los artistas son los que venden”, “el artista está para crear y el dealer o el galerista para vender”, entre otras cosas, pero en la Feria del Millón conseguimos derrumbar ese mito: familias, menores de edad, jóvenes, adultos… todo el mundo podía hablar directamente con los creadores de las obras y así comenzó a fluir un diálogo espontáneo, informal, ameno, donde se fue perdiendo el miedo a “preguntar” por el arte.
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