
El tercer nacimiento de Celia
Una de las obras cumbres de la literatura colombiana del siglo XX vuelve a las librerías. Es una obra exigente pero que deslumbra por la riqueza de su lenguaje y su manejo magistral.
Por Felipe Agudelo Tenorio.
Celia se pudre, la monumental y extraordinaria novela del escritor sucreño Héctor Rojas Herazo es, sin lugar a duda, el más ambicioso, rico, meditado y audaz proyecto de creación y renovación literaria que se ha llevado a cabo en Colombia.
Ardua y amorosamente escrita entre los años 70 y 80 del siglo XX, es no solo el resultado de una profunda reflexión sobre la condición humana y la sociedad que la alberga, lo que es también una constante de su gran poesía, sino que es una muy atenta indagación en los diversos procedimientos narrativos desarrollados por los principales novelistas que integraron las brillantes vanguardias de comienzos de siglo. Es evidente que el autor realizó una lectura intensa de estos escritores, tomó lección y ejemplo, a más de que aprendió de sus enormes e insuperados logros literarios. Autores entre los que vale la pena destacar a Faulkner, Proust, Woolf y Kafka. Sin descartar, por supuesto, que tenía además un gran conocimiento de las grandes obras del pasado.
Tramitar ese legado literario le permitió a Rojas Herazo realizar la hazaña de escribir Celia se pudre. Novela sin par que, sin colombianos complejos de ninguna especie, se debe situar a la altura de grandes novelas como son El Ulises de James Joyce o El hombre sin atributos de Robert Musil, por solo nombrar dos; a la vez que relumbra por derecho propio junto a muy relevantes y maravillosas obras latinoamericanas de gran envergadura, como Paradiso del cubano José Lezama Lima y Gran sertao veredas, del brasilero Guimarães Rosa.
Rojas Herazo fue antes que todo un poeta mayor. Todo cuanto escribió está signado por otorgarle un sentido poético a todo lo que capta a través de sus sentidos. Bien sabía que donde no hay poesía no hay arte. Razón por la que su consecuente pasión por el lenguaje lo arrastró a una exploración profunda de sus mecanismos, sus posibilidades y su capacidad única de constituirse en vehículo de conocimiento, diálogo y belleza.
No es la remembranza en sí, sino la manera en que esta se proyecta en el interior de los personajes, de tal forma que al repasarlos pareciera que se retornara a los hechos y se los volviera a vivir, resucitándolos, arrancándoselos a las garras del olvido.
Con esta novela, Rojas Herazo nos muestra y recalca que para el escritor su único y verdadero universo es el lenguaje. Contrario a quienes conciben que la literatura vale por los temas que trata, por las peripecias que relata o por el ajustarse a las recetas comerciales en boga, Rojas Herazo se arriesga en solitario por un camino diferente, uno que está conducido por su entrega sin concesiones (y plena de saberes) a los poderes germinantes, seminales y ováricos, de la palabra.
Quienes se adentran en esta extensa novela desde un comienzo perciben que deberán prepararse para desentrañar un prodigio verbal. Pues lo cierto es que ninguna de las grandes novelas del mundo se revela con facilidad, todas proponen, exigen y esperan un trabajo intenso por parte del lector. Son como regalos que solo abren quienes luchan por merecerlos, a quienes están necesitados de su contenido.
Celia se pudre pertenece por derecho propio al riquísimo universo literario del Caribe. El núcleo de su narración está afincado en ese territorio, imaginariamente brota de ahí, del pueblo, la casa familiar, el patio, las historias y las semblanzas de los personajes adscritos al entorno. Aunque se permita beligerantes incursiones a otro ámbito geográfico, Bogotá, que opera a manera de contraste, casi como una premonición distópica. Sin embargo, la novela no está enraizada en lo costeño porque Rojas Herazo tuviera la compulsión municipal de resaltar su terruño, sino porque consideraba a la infancia como la fuente primordial de todo y la suya estaba atada ahí, era su origen, el ventanal a su memoria. Lo caribe era su marca, casi podríamos decir su gozosa condena. Por esto es que la invención de su paisaje literario, el pueblo de Cedrón, coincide con el real, Tolú. Solo que lo que importa es el mapa mental que construye una memoria que cicatriza con lentitud, frase a frase.
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