
Boceto a mano del primero de cordada: Homenaje a Juan Pablo Ruiz, el último de los grandes exploradores de Colombia
Juan pablo Ruiz a pocos metros de coronar la cumbre del Everest en 2001
Himalayista, líder ambiental y tecnócrata, Juan Pablo Ruiz acaba de desaparecer tempranamente, víctima de un cáncer de pulmón, sin haberse fumado un solo cigarrillo en su vida y habiendo escalado dos veces el Everest como logro mayor de una carrera que incluyó montañas de todo el planeta, desde el Denali hasta el Aconcagua y desde el Kilimanjaro hasta el Elbrus. Recordamos aquí su proyecto más olvidado y tal vez más importante, la expedición Glaciares y Volcanes, que en los años 80 escaló y documentó todos y cada uno de los 64 picos nevados registrados en Colombia en dos sierras nevadas y tres sistemas volcánicos.
Por Carlos Mauricio Vega
Especial para CAMBIO
Juan Pablo Ruiz irrumpió a paso vivo en la sala de su casa, en la finca La Matucana del barrio El Codito en Bogotá, allá donde en su juventud el futuro ambientalista había cumplido con el paradójico reto de explotar unas canteras familiares. Lo esperaban algunos amigos. Era alguna noche de mediados de los 80, empapada de la llovizna típica de abril o de julio. Venía cargado de malas noticias. "Hubo un accidente en el Ritacuba Blanco, parece que se mataron los polacos" “¿Y Blancanitos?" preguntamos. "Ni idea, hay que salir para allá, ¡volando!" Y en efecto, llegó en siete horas al Cocuy. Su maestro y amigo, el montañista polaco Cristóbal Szafransky, estacionado en la base de la montaña a modo de apoyo, acababa de hacer un cruce en solitario por el paso entre el Ritacuba Blanco y el pico La Puntiaguda, para rescatar al único sobreviviente del terrible accidente. Una cordada de dos polacos y un colombiano, el nariñense Jairo Guerrero, apodado "Blancanitos y sus siete enanieves" por hacerse al comando de las cordadas de sus amigos en los glaciares, acababa de ser arrasada por un alud en la cara nororiental del Ritacuba Blanco, una canaleta vertical de hielo y roca suelta por donde los polacos, conocidos por su amor al riesgo extremo, pretendían superar los 800 metros de pared vertical de una de las montañas más bellas y difíciles de Colombia. Entrenaban para una posterior expedición al Himalaya, a un ochomil llamado el Nanga Parbat.
El alud, del tamaño de un vagón de tren, se había llevado la reunión o punto de anclaje desde donde Blancanitos sostenía a uno de sus compañeros, mientras que el otro, de apellido Marek, estaba autoasegurado a la pared, es decir, independiente de la reunión. Eso lo salvó. Sus compañeros desaparecieron precipitados en la nube blanca de nieve en polvo, mientras que Marek, sin cuerda y sin equipo, perdido el morral, con un solo crampón y un solo piolet-martillo, terminó la difícil escalada y se encontró en la cima con Szafransky, quien lo abrigó y lo hizo descender por la suave cuesta glaciar del otro lado de la montaña.
Fue el primer gran accidente del montañismo colombiano, que por entonces apenas se asomaba al mundo de las llamadas big walls o grandes paredes. Para todos nosotros, y para Juan Pablo, fue una terrible advertencia sobre la seriedad de las aventuras montañísticas que se emprendían por esa época a la luz de lo que sucedía en los macizos de Yosemite, del Verdon, de la Cordillera Blanca peruana o de las Dolomitas italianas. Ya Juan Pablo había degustado esos riesgos: había salido de las soleadas tardes de escalada en Suesca a remontar en compañía de Marcelo Arbeláez la primera de esas big walls colombianas, el áspero filar oriental del Ritacuba Negro en el Cocuy.
Años más tarde el barranquillero Fercho González–Rubio, el primer colombiano que Juan Pablo puso en la cima del Everest, me explicaría que los glaciares son muy distintos en cada lugar del mundo, “Una cosa es el hielo del Denali, en el Polo Norte, otra el de los Himalayas, otra el de los Alpes, otra en los Andes tropicales”. Cada glaciar se comporta diferente según los vientos, la latitud, el clima. Mediados de año era la peor época para los aludes en el Cocuy, por esa misma humedad de la llovizna bogotana, regalo de los vientos alisios, que ahora nos empapaba mientras digeríamos la noticia. Pero ni los polacos ni Blancanitos lo sabían.
Tampoco lo sabían por entonces ni Fercho ni Juan Pablo. Tendrían que acumular muchas cumbres y muchas horas de escalada en diversas montañas del planeta para aprenderlo, y en eso habrían de gastarse los siguientes 30 años. Con el tiempo Fercho dejaría de ser “un costeño en el Himalaya” y realizaría la mayor hazaña de la historia del montañismo colombiano, el K2 sin oxígeno, de manera independiente pero a la luz de la gesta impulsada por Juan Pablo Ruiz desde diez años atrás.
Hay muchos ángulos desde los cuales abordar la personalidad múltiple de un líder como lo fue Juan Pablo Ruiz. Era un hombre volcánico, poderoso, hirsuto como su barba y directo como un puñetazo. Líder ambiental, líder de opinión, líder de escaladores, explorador: de su gesta quedan sus dos cumbres en el Everest, el liderazgo del proyecto colombiano de escalada en el Himalaya, su escalada de las Siete Cumbres más altas de los siete continentes, su expedición a la Antártica. Su doble papel de líder ambiental y economista posiblemente le causaban un encontrón interno, entre el conservacionista que lo habitaba y el tecnócrata que debía asesorar a la banca internacional y también al gobierno colombiano en difíciles decisiones, por ejemplo sobre los permisos para las exploraciones de fracking. Pero eso lo llevó a la lucidez que se apreciaba en sus escritos. Habría sido un magnífico ministro de Medio Ambiente, pero el poder, ese poder político tan diferente al que ostentó en la montaña, le fue esquivo. Afortunadamente, porque pudo mantener su voz clara y siempre independiente. Su muerte nos priva de alguien que sabría cómo liderar el necesario decrecimiento económico de una manera armónica.
Nos deja, como legado para los que seguimos en el planeta, la enseñanza de que es necesario conciliar entre la realidad social y el reto ambiental de sostenibilidad de la vida en el planeta.
Su columna en El Espectador, que mantuvo durante dos décadas, es testigo de eso. En los últimos textos que publicó deja un contundente testamento sobre la ineludible necesidad de abandonar el combustible fósil en el corto plazo, pero también de su escepticismo sobre la factibilidad de lograr esa meta en las actuales condiciones.
Pero su hazaña más desconocida y también la más antigua, es la Expedición Glaciares y Volcanes, que emprendió junto con su carnal Cristóbal Von Rothkhirch en los años 80. Se trataba nada más ni nada menos que de escalar todos y cada uno de los 64 picos nevados colombianos, ubicados por encima de los 4800 metros de altura, que componen las dos sierras y los tres sistemas volcánicos del territorio colombiano. Una hazaña que podría verse como de búsqueda de récords deportivos, pero que constituyó la última de las grandes expediciones por territorios vírgenes colombianos, las mismas que iniciaron Humboldt y Manuel Ancízar y siguieron Eliseo Reclús, Erwin Kraus y Wade Davis.
Me dirán que exagero, pero en esa expedición que se alargó por unos diez años en etapas más o menos discontinuas por las contradictorias agendas de los dos amigos, incluyó muchos picos que se escalaron en Colombia por primera vez. Fue también la última que se hizo sin patrocinio económico y sin ningún interés político: sólo con el ánimo poético de documentar el estado de arte de las montañas colombianas en esas décadas, justo cuando se aceleraba la desaparición de los glaciares.
No fue una expedición científica ni tampoco deportiva, ni un martirologio como el de las caucherías, que nos dejaron de herencia al botánico Richard Schultes; fue más bien una hazaña geográfica, al estilo de los grandes exploradores del siglo XIX, pero en los albores del XXI. No volaron en biplano abriendo las rutas aéreas que todavía se usan, como Herbert Boy, ni fueron en busca de la raza perfecta hasta el fondo de la selva, como Gerardo Reichel Dolmatoff, ni nos descubrieron los páramos como Ernesto Guhl, ni midieron el fondo de los glaciares o ubicaron Chiribiquete, como Thomas Van Der Hammen. Pero hicieron un inventario minucioso de la alta montaña tropical: de la vida en las alturas ecuatoriales y las regiones equinocciales: el sueño de Humboldt. Quedaron las fotos de Fonroski (como le dicen algunos de sus amigos a Von Rothkhirch) en el libro Alta Colombia, que son como las acuarelas de Mark, y algunas escuetas crónicas de Juan Pablo, que había bautizado cínicamente a su compañero como “el poeta” por su carácter soñador y su eterno libro de Borges.
Empujado por la imaginación enfebrecida de Cristóbal y llevado de su propia pasión por lo nuevo, lo desmesurado, lo retador, Juan Pablo se montaba en su pequeño Brincusky (un campero de diminuto motor, liviano y eficiente) y los dos recorrían los ardientes valles colombianos acompañados por un amasijo de casettes polvorientos y recalentados de rock en español y trova cubana, en busca de las grandes alturas por sobre el Chicamocha, el río Cesar, el Alto Magdalena, el río Recio... en busca de las, desconocidas, ignotas, masivas y despreciadas montañas colombianas, en una época en que los comunicados de las muchas guerrillas se firmaban siempre así: "Desde las montañas de Colombia".
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