
“El cinismo te vacuna contra el sufrimiento pero te inmuniza contra la felicidad” : Santiago Roncagliolo
Santiago Roncagliolo.
El poeta y gestor cultural Federico Díaz-Granados sostuvo una conversación de largo aliento con el novelista peruano Santiago Roncagliolo, quien estuvo de paso por Bogotá.
Santiago Roncagliolo (Lima,1975) pasó por Bogotá para promocionar las recientes ediciones en Seix Barral de Abril rojo y Líbranos del mal. Había muchos temas en el tintero para conversar, muchas afinidades generacionales y similares escepticismos y nostalgias por la caída de un mundo y una utopía en los que se cifraron muchos sueños de infancia. Su buen sentido del humor le deja mirar todo aquello desde un estricto sentido de las fragilidades y de la realidad. Ha vivido en Lima, en México y en España. Ama el fútbol y la cultura pop de los años ochenta y sabe bien de su responsabilidad de escribir una crónica y un testimonio personal sobre su época, un tiempo convulso en el que Perú se desmoronó bajo los estruendos de Sendero Luminoso y la corrupción política. Insiste en la escritura, en la amistad como una de las bellas artes, en la admiración por sus maestros y su tradición y en la generosidad con los más jóvenes que empiezan a transitar el camino de las letras. Teníamos una cita aplazada hacía mucho tiempo que culminó en Bogotá, una tarde lluviosa, con abundante café, libros y anécdotas. Le pregunto por sus padres y los exilios y me responde: “Pobres, eran unos chiflados, hace poco conocí a un mexicano que es hijo de argentinos exiliados y conversamos un rato sobre nuestras historias. También tenía mi edad y cuando nos presentamos le dije 'Yo me llamo Santiago como Chile y tú Ernesto como el Che'. No podían dejar de pensar ni un minuto en la revolución, en los nombres de sus hijos y en sus obsesiones”. Así se rompió el hielo y empezamos a conversar como si nos conociéramos de toda la vida, en una lejana niñez llena de canciones revolucionarias y arengas, pero también habitada por las letras de la América profunda, las Alturas de Macchu Picchu y las páginas de tantos autores a los que volvemos con devoción.
CAMBIO: ¿Cómo es su relación con una tradición tan intensa y gigante como lo es la tradición literaria del Perú?
Santiago Roncagliolo: Yo diría que empieza a partir de escritores que eran muy cercanos a mi vida como Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique. De hecho, en general a mí la gran literatura, en los años ochenta, se me hacía muy lejana. Lo real maravilloso era admirable pero no tenía que ver con mi vida. La gran novela total o la obra de Arguedas son cosas que vendría a disfrutar después. Empecé por unos cuentos de Ribeyro y de Brice que hablaban de un mundo más cercano. Por ejemplo, Brice era capaz de reírse de ese mundo solemne y serio donde nadie se reía de nada. Eso y la intimidad que aparecía en los cuentos de Ribeyro me hacían sentir que la literatura podía tener algo que ver con mi propia vida, que podía hablar de cosas que yo conocía.
CAMBIO: Son dos autores que ahondan en ese mundo limeño, en su clase media y la intimidad de las vidas familiares que también aparecen en muchas de sus novelas como quien entra en una casa a agitar emociones. ¿Sí es una preocupación compartida?
S. R.: Sí, claro. Había una pequeña diferencia. Ribeyro habla de la clase media, de personajes grises, perdedores, como los miles que yo veía todos los días, porque además piensa que era una sociedad y quizás lo sigue siendo, donde el cielo está a dos metros del suelo, no está en Lima literalmente, porque la niebla desciende casi hasta el suelo, pero también lo está a nivel aspiracional: lo que vas a conseguir es poquito y era muy poquito en esos tiempos. Entonces Ribeyro representaba esa vida que yo tenía cerca. Bryce escribe sobre una clase más alta y a la que nosotros sí nos asomábamos algunas pocas veces cuando ellos nos dejaban ir a sus fiestas. Además, era una época en que no se podía salir de la ciudad por la violencia, entonces vivíamos desconectados del lado rural y andino y si alguna vez salíamos de nuestra clase social era para acercarnos a las fiestas de los ricos que se parecían a los personajes de Bryce y de eso nos burlábamos también porque era una clase aún más pequeña que la nuestra. Pero eran muy ridículos porque eran ricos de un país pobre y entonces toda su riqueza a menudo solamente les servía para tener que vivir encerrados, porque si nosotros no podíamos salir a la ciudad, ellos ni siquiera podían salir de su casa y este trato tan irónico de Bryce sobre ellos también se parecía a la mirada que yo tenía sobre ellos,
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