
El Infierno, un espacio cerrado con aires de grandeza
Galería de arte, lugar de encuentro de 'punks' y metaleros, esta es la historia de 'El Infierno', una casa muy peculiar del distrito creativo del barrio San Felipe de Bogotá. este fin de semana exponen la muestra colectiva 'Estrógenas' segundo volumen.
Por Geraldine Duitama (*)
Es el día inaugural de una exposición. Se ven entrar un par de personas con vestimentas de cuero, chaquetas negras, medias de malla y botas grandes. El DJ está al final del patio, un espacio que fue transformado para diversos usos. Tiene al fondo un blackout y detrás un carro vinotinto que parece ser un Ford antiguo, casi invisible detrás de los parlantes a los lados y la mesa con los equipos del DJ. A su derecha, un muro lleno de afiches y calcomanías que poco se ven en las galerías, así como un par de ciclas colgadas en la parte superior.
Al lado izquierdo de la entrada, un espacio dedicado a la venta de bebidas, ropa, libros de artistas, afiches, aretes, anillos y demás artesanías que hacen parte del stand y del merchandising.
Por esos lugares transitan los visitantes de la casa. Algunos la describen como un lugar relajado, tranquilo y liberal, como “una nota”. A las ocho de la noche se acomodan los instrumentos y comienzan las pruebas de sonido: “1,2,3 hola, hola, ¿me escuchan?” Se acerca el toque del día, la dosis de punk que, como es de esperarse, terminará en un buen pogo.
Es así como se vive el arte a pocas calles de la estación de TransMilenio de la calle 76, a unas tres cuadras hacia el oeste y tres hacia el sur, en el Distrito Creativo San Felipe. Aquí los lugares llaman la atención por su elegancia arquitectónica y la variedad de colores de sus fachadas, pero uno de esos lugares se destaca precisamente por no tener esas características. Es El Infierno, una galería de arte urbano que grita contracultura.
Su historia empezó muchos años atrás, con la mudanza de los Arias, Liliana, Ximena y Mauricio. Llegaron desde pequeños al hogar de su abuela, una mujer admirable, generosa, llena de amor y que encajaba perfectamente en la definición de altruista: "Una persona que procura el bien ajeno sin esperar nada a cambio". Así la describe su nieta Liliana, que la recuerda como un gran apoyo en la vida de ella y sus hermanos.
Hoy, a esa casa espaciosa se le nota el paso de los años. No obstante, los ladrillos de su fachada se mantienen como si el tiempo no pasara. Su color característico está presente por todas partes. Es una casa de dos pisos. En el exterior cuenta con un pequeño antejardín con baldosas, algunas rotas y peladas, de un rojo opaco, sucio y desgastado. Lo delimitan dos muros a lado y lado. En uno se pinta hoy algo representativo de la exposición que estén exhibiendo y en el otro, como sello personal, están las llamas del infierno, que rodean un jardín.
Este 6 y 7 de mayo es otra oportunidad para conocerlo. Contará con la participación de diez artistas, entre los que se encuentran @lafurys, @avrrz, @negativo.666 y @yodax, quienes presentarán el segundo volumen del concepto de la exposición Estrógenas, cuyo primer volumen se presentó el 20 y 21 de agosto de 2022.
En la parte alta se pueden observar unas pequeñas rosas blancas que resaltan en un árbol, en medio de lo que muchos considerarían maleza, y otra planta que tapa un par de ventanas de arriba. Tiene barba y se ve vieja; parece que hubieran crecido a su antojo y desordenadas.
Al final del antejardín se encuentra el portón de hierro. En su parte inferior el desgaste es notable. El interior de la casa está lleno de sorpresas y de recuerdos. Al ingresar se encuentra un amplio patio no del todo cerrado. Al lado derecho hay una pequeña entrada, donde antes estaba la sala y el comedor. Las escaleras están ubicadas al frente de la puerta principal, y en el segundo piso están las habitaciones. Una de ellas es la cuna de la identidad de este lugar. En esas cuatro paredes Mauricio tenía completa libertad. “Su cuarto tenía afiches, casetes, tenía una colección inmensa de casetes, tenía banderas de bandas, tenía todo su estilo”, comenta Liliana cuando se le preguntó sobre los inicios de El Infierno. De esa forma la contracultura, en forma de punk y del graffiti, empezó a divagar sigilosamente por la casa de los Arias. Era una sombra oscura que terminaría por sentenciar a los tres hermanos.
De ahí que empezaran a ser vistos como las ovejas negras de la familia, excepto por la abuela, que se adaptó sin dificultad a los gustos y personalidades de sus nietos y les dio un empujón en sus ideas y en sus proyectos. Se convirtió en la alcahueta ya que la conquista del territorio no quedó en un cuarto nada más.
Con el tiempo Mauricio tomó otra habitación y en 1998 él y sus amigos formaron su banda. Ninguno sabia tocar un instrumento, pero se las arreglaban. Por ello, cuando Mauricio decidió que tocaría la batería, la abuela lo dejó practicar. Podría ser solo ruido, pero a ella no le importaba mientras su nieto fuera feliz. Ensayaba con unas ollas, con unas latas y con unos cojines, como cuenta su hermana.
Esa casa ya era más de ellos que de cualquier otra persona, y legalmente así lo fue en 2008, año en que la abuela falleció, y Liliana, Ximena y Mauricio pasaron a ser los dueños.
Para ese entonces El Infierno ya era un ícono. Bandas como Triple X (la misma que se formó sin experiencia instrumental en 1998) ensayaban ahí, tocaban para un público cambiante. Primero eran solo amigos, luego ya conocidos y así fue llegando más gente. Lo que era un ensayo se convertía en un concierto clandestino y privado, y también en una fiesta.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios








