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Cultura

El sertón y La vorágine

Juan David Correa, ministro de Cultura, escribe estas palabras a propósito de la apertura de la FilBo, dónde la obra La vorágine y Brasil son grandes protagonistas.

Por: Juan David Correa

En Gran Sertón Veredas, la inmensa novela de Joao Guimarães Rosa, Riobaldo divaga pensando en cómo el paisaje y la lengua intervienen en su propia circunstancia. En La Vorágine, de José Eustasio Rivera, Arturo Cova entiende que la selva es un insomnio perpetuo e inenarrable: Guimarães y Rivera entendieron algo que fue considerado por muchos como ejercicios de estilo poco inteligibles bajo las condiciones de la novela decimonónica, europea y anglosajona, en particular, aunque ambos crean un espacio narrativo de posibilidad de una gran autonomía histórica en la cual los puntos de vista, la estructura gramatical con grandes raptos poéticos, así las formas del lenguaje popular, intervienen decisivamente en sus apuestas. Gran Sertón se publicó hace setenta años. La novela de Rivera hace un siglo. Ambas buscan en la geografía la biografía. Ambas saben que una conciencia, la de sus personajes, o la suya propia, está penetrada por miles de estímulos, sentimientos, ideas, prejuicios e historias. Ambos sabían que eran hombres de su tiempo, y que estaban signados por las circunstancias políticas y sociales de sus países.

Cuando Rivera publica La Vorágine, la república de Colombia ha llegado a su primer centenario. Se preparan grandes fastos. Se crea un imaginario que pasa por alto varios hechos: la guerra de los Mil días, el parteaguas de un siglo que significará la definitiva impronta de las guerras partidistas de buena parte del siglo XIX –y de las que continuaran a lo largo del XX– hasta alcanzar una cota de máxima crueldad durante la segunda mitad, iniciando en 1948 –y año en el cual Guimarães estuvo en Bogotá, y escribió a partir de allí su relato “Páramo”–; la pérdida de Panamá, como un significante esencial de nuestra relación con el norte global; el asesinato del líder Rafael Uribe Uribe, un quince de octubre de 1915; la ausencia de un mapa político que definiera límites geográficos y los diferendos en el sur del país, en el departamento amazónico del Putumayo, y, por supuesto, y como fundamento de su búsqueda como abogado de la Universidad Nacional de Colombia, y poeta promisorio, la masacre del caucho, ocurrida a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en la cual fueron esclavizados y asesinados más de 60.000 indígenas de los pueblos Bora, Huitoto, Muinane, entre otros.

Cuando Guimarães pública Gran Sertón, en 1956, el Brasil de entonces intentaba sobreponerse a los impulsos dictatoriales contra Getulio Vargas, quien se suicidó. Aparece en el escenario el presidente Juscelino Kubitschek, que intenta reconciliar un país fracturado por las revueltas populares de los años veinte y la mano dura de Vargas. Un gobierno con un proyecto que piensa que la selva debe gobernarse para ampliar la frontera agraria del país, y en consecuencia, construir caminos transamazónicos. Médico, viajero, participante el proceso constitucionalista de 1932, Guimarães entiende que en esos territorios excluidos se encuentra la respuesta y la salida para países con realidades convulsas: reconoce su lengua, y crea, a través de su escritura, un paradigma.

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