
Gozar Leyendo con CAMBIO: 'La maldición literaria'
Se ha convertido en regla pensar que el infortunio es indispensables para que fluya la buena literatura y, en general, el quehacer artístico. Este libro analiza los tres elementos constitutivos del infortunio y los examina uno por uno históricamente. Ellos son la melancolía, la pobreza y la persecución.
Pascal Brissette (Canadá, 1971), el autor de este libro, es profesor en la Universidad de McGill en Montreal. El título completo es La maldición literaria. Del poeta andrajoso al genio desdichado y la traducción estuvo a cargo de Juan Zapata, quien en un breve prefacio comienza por decir que este libro “es ya una obra imprescindible para la historia de la vida intelectual y artística en Occidente”, que “traza la historia de uno de los mitos más fascinantes del imaginario literario occidental, desentrañando sus mecanismos de funcionamiento, sus motivaciones y su impacto en la escena literaria y artística (…). La maldición literaria es analizada aquí como lo que es: una creencia que no solo ha orientado la manera de vivir, ¡y de morir!, de muchos escritores, sino que ha suscitado, a lo largo de su historia, diferentes maneras de señalarse como autor y de asumir su función en la escena literaria”.
El universo de análisis de Brissette está constituido muy preponderantemente por autores franceses, pero Zapata pretende abrir el debate en el “corpus de la literatura hispanoamericana, pues el mito de la maldición literaria traspasa fronteras temporales, lingüísticas, geográficas y culturales para imponerse en otros espacios bastante alejados de las escena parisiense. Basta con volver nuestra mirada a las prácticas y representaciones que han gobernado nuestra producción poética desde el modernismo para ver cómo se designa allí el vasto territorio de bohemios y malditos que se valieron del mito para negociar y legitimar su posición en la escena literaria hispanoamericana”.
Brissette comienza por mostrar “una mitología que, desde hace dos siglos y medio, le atribuye a la desdicha un rol preponderante en los procesos de legitimación artística” y definir los límites de su estudio como “una reflexión global e histórica sobre la función que cumple el sufrimiento en los procesos de legitimación cultual y sobre las formas que este adoptó entre 1770 y 1840 para conmover, ser aceptado y volverse retóricamente rentable”. Lo que ocurrió fue que con el éxito de escritores como Voltaire o Diderot, se incrementó el número “de jóvenes educados que entraban en el mundo de las letras con la esperanza de hacer fortuna o de cumplir un papel preponderante en la vasta reforma social del Siglo de las Luces”. Estos aspirantes a celebridad literaria eran demasiados: “El número de puestos ‘respetables’ asociados al clientelismo o al mercado de la edición (bibliotecario, secretario, preceptor, lector, historiador, censor, colaborador en las grandes empresas editoriales, etcétera) era significativamente inferior al número de aspirantes; los ingresos provenientes del sector de la literatura clandestina y de publicaciones ilícitas (libelos, pornografía, filosofía), además de ser precarios, impedían el ascenso social de esos pobres diablos que los practicaban manchando su reputación”.
Entonces, surgió “la necesidad de forjar nuevas representaciones valorizantes de la pobreza autorial para sustraerse a la lógica de menosprecio que pesaba sobre ellos, haciendo del infortunio del escritor, de su pobreza, de su miseria y de su exclusión, las condiciones de acceso a la verdad”. Comienzan a surgir “el culto al poeta agonizante” y “los mecanismos de legitimación a través del fracaso”. Si se retrocede a los autores de la antigüedad o del Renacimiento, ellos no justificaban su reconocimiento en que son infortunados sino que “sacan a relucir su utilidad pública”.
Pero a partir de cierto momento aparece la maldición literaria como mito y entonces el creador es “desdichado (perseguido, melancólico, desamparado, etcétera), por tanto legítimo (sensible, sincero, genial, original, etcétera)”. Explica Brissette:“El mito de la maldición literaria es un dispositivo de valoración trastocado en el sentido en que invierte los signos de fracaso y del éxito social (…). El mito incita a los autores a desplegar frente a los ojos del público las marcas de sus sufrimientos y a sacar de éstos un provecho argumentativo (…). El mito funciona como un mecanismo de compensación que permite a los autores infortunados considerar sus sufrimientos como un signo del destino y como una marca de genio”.
Lo que hace Brissette durante toda la primera parte de su libro es examinar cómo se va consumando evidente la legitimación del infortunio como condición de la calidad literaria y como prueba de la misma. Para eso toma los tres elementos constitutivos del infortunio y los examina uno por uno históricamente. Ellos son la melancolía, la pobreza y la persecución.
La desgracia como prueba y como condición del mérito será creencia generalizada entre el final del siglo XVIII y el inicio del siglo XIX.
Comencemos con la melancolía. Según los tratados de medicina de los humores, que pueden rastrearse desde el siglo IV, el cuerpo humano “está constituido por cuatro ‘humores’ que determinan su naturaleza: la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema”, y “la buena salud depende del equilibrio de las cuatro sustancias”. He aquí lo que sucede cuando se desborda la bilis negra: “la crisis de la melancolía se distingue mediante síntomas como el profundo abatimiento, la misantropía, el miedo y la locura bajo sus formas más terribles, el temperamento melancólico se caracterizaba a través de rasgos como la pusilanimidad, la desconfianza, la pereza, la gravedad o la tristeza (…), pero también se encuentra en el origen de todo aquello que es extraordinario y fuera de lo común, de todos los seres de excepción, atípicos por naturaleza”.
Anota Brissette que “santa Hildegarda sostiene que la bilis negra está directamente relacionada con el pecado original” y cuenta que Marsilio Ficino, médico y pensador florentino del siglo XVI, “atribuye a la naturaleza melancólica el poder de iluminar el espíritu y liberarlo de su prisión corporal para elevarlo a las verdades primeras y esenciales”; y cita a Montaigne: “¿De qué está hecha la locura más sutil, sino de la más sutil sabiduría?”.
Hacia 1778 el médico Samuel Tissot sentencia que los literatos “contravienen las leyes de la economía animal. La soledad a la que se confinan habitualmente es una de las causas externas de su melancolía. No hay que olvidar también el hecho de que su espíritu se encuentra en estado de vigilia y de tensión permanente, mientras que su cuerpo se encuentra en constante reposo, lo cual es contrario a los principios elementales de la higiene, que recomiendan el movimiento del cuerpo y el descanso del espíritu”. De esta manera, “la melancolía está ligada a dos categorías cuyas fronteras son escurridizas: la locura y el genio, sirviendo así de puente entre la grandeza y la decadencia. Hasta el siglo XVIII, ser melancólico es tener en sí la sustancia en la que reside la superioridad humana y, al mismo tiempo, el veneno de la locura que rebaja a los hombres al nivel de las bestias”.
Después de la melancolía sigue la pobreza: “En la segunda mitad del siglo XVIII, otra forma de desgracia comienza a ser considerada como benéfica para el alma y para el intelecto: la pobreza”. Un autor de fines de ese siglo, Mercier, enumera su olimpo de pobres gloriosos: “Homero mendigó. Tasso, Milton y Petrarca conocieron la miseria. Corneille murió pobre. Boulanger erró en los caminos. Jean-Jacques Rousseau murió… ni siquiera me atrevo a decir cómo”. Pero “las categorías menos favorecidas de la población letrada se negaron, por lo menos hasta mediados del siglo XVIII, a hacer de su pobreza real el argumento válido, el garante de sus cualidades morales (la virtud) e intelectuales (el talento)”. Es más, Pietro Aretino reclama: “Dinero es lo que necesitan las musas, no escuálidos agradecimientos y gordas promesas”.
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