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Cultura

Cambiar el agua de las flores

En 'El secreto de las flores', Valerie Perrin muestra cómo los muertos y los vivos siguen dialogando entre ellos a través de los ritos y las ceremonias que tienen lugar en un cementerio.

Por: Luis Fernando Afanador

Esta novela es, en apariencia, una narración sencilla. La encantadora Violette Toussaint es una guarda de cementerio dedicada con amor a su oficio, el cual dignifica: un mérito suyo porque todos los oficios que se relacionan con la muerte resultan sospechosos. Ella mantiene bello e impecable su cementerio, y la casita aledaña en la que vive y en la que acoge a sus entrañables sepultureros, a sus gatos, a su perra, al padre Cédric y a cualquier doliente, a quienes les brinda un reconfortante té y, si el caso lo amerita, un licor más fuerte. Un remanso de paz para los vivos. Los vecinos de enfrente, sobra decirlo, ya no lo precisan.

Violette cultiva su jardín, cambia el agua de las flores -como reza el título original de la obra en francés-, ve crecer y madurar los frutos de su huerta que generosamente compartirá en su mesa. Irradia serenidad y paz consigo misma. Nos cuenta historias de su cementerio: los muertos, cómo no, siguen contando historias; la muerte y la vida no son compartimentos aislados, siguen y seguirán entrecruzándose hasta el final de los días. La muerte es, quizás, el último mito que nos queda.

Las historias pueden ser algo graciosas, como la de la condesa Darrieux, que adorna con flores dos tumbas: la de su esposo y la de su amante. La del esposo, con cactus y suculentas y la del amante, “su verdadero amor”, con girasoles. “El problema es que su verdadero amor estaba casado. Y cada vez que la viuda de ese verdadero amor descubre los girasoles de la condesa en su jarrón, los arroja al cubo de la basura”. Amén de que la esposa del “verdadero amor” morirá primero y la condesa sufrirá un furibundo ataque de celos: ellos se juntarán antes en la eternidad.

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