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Cultura

“Narrar tu propia historia te saca del lugar de víctima”: Fernanda Trías

Fernanda Trías.

La escritora uruguaya Fernanda Trías publicó su novela más reciente, 'El monte de las furias', en Random House, su casa editorial desde hace cuatro años. Trías se ha convertido en una de las escritoras más leídas de estos tiempos. Sus libros han sido traducidos a más de 15 idiomas.

Por: Elena Chafyrtth

Si hubiera un retrato de la protagonista de El monte de las furias, la última novela de Fernanda Trías, sería el de una mujer acariciando las flores de su jardín. Sus manos son grandes y fuertes, pero no dejan por eso de tener un toque femenino, delicado y suave. La mujer mira a la cámara con sus ojos marrones que cargan el peso de una infancia marcada por el maltrato y la frialdad de su madre. La furia que heredó del linaje materno la llevó a renunciar a la ciudad roja donde vivía, prometiendo que nunca más volvería, y a aceptar ese trabajo. Sus ojos revelan por qué su deseo de proteger y abrazar la montaña es tan necesario. La montaña no la necesita; en cambio, ella, más que nunca, necesita de la montaña. Tras la muerte de su abuela, la montaña le enseñó a vivir a su propio ritmo, con sus propias palabras, misterios y cicatrices.

“Las ventanas de mi casa son defectuosas. Hay rendijas entre el aluminio y el material. Si tuviera cortinas las vería moverse cuando baja el viento del monte y me deja sorda con su chiflido. A veces el viento sopla tan duro que a su paso va raleando el pasto como si lo cortara una guadaña. La casa no es fría por culpa de esas rendijas. El frío crece al interior de las paredes y en las vigas del techo. Para sacarlo habría que desarmar la casa, partirla como a una rosca dulce”. De la montaña aprendió a respetar el silencio y la oscuridad que emerge del monte. También comprendió que no todas las rocas son iguales: cada una tiene sus propias fisuras, una forma, un peso y una tonalidad distinta, aunque la mayoría de las personas insista en que son todas iguales.

El silencio del monte le enseñó a disfrutar de la soledad, pero también la condujo al delirio. Luego de cuidar su jardín, organizar la casa y refregar la baldosa, se ponía a escribir. “Yo escribo porque sí y no porque haya pasado algo en mi vida, sino por lo contrario: porque nada ha pasado y lo único que pasa es esto: mi lucha con las palabras, mis propios pensamientos”. La escritura la devolvía al pasado, a su pasado; la llevaba a tocarse las cicatrices y las quemaduras que, cuando era pequeña, se hacía con las colillas de cigarrillo, castigándose por las palabras y sentencias de su madre.

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