Una psicóloga y un periodista nos cuentan cómo lidian con la ansiedad

La ansiedad, un tópico obligado a la hora de debatir la salud mental en Colombia.

Crédito: Freepick

22 Junio 2024 04:06 pm

Una psicóloga y un periodista nos cuentan cómo lidian con la ansiedad

Juan Francisco García explora la ansiedad, un trastorno cada vez más común, desde el punto de vista de un periodista y creador de contenido sobre salud mental y el de una psicóloga con formación psicoanalítica.

Por: Juan Francisco García

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Según un estudio que hizo Mutante sobre la salud mental en Colombia, al menos la mitad de los adolescentes en el país tiene uno o más síntomas de ansiedad, y más del 50 por ciento de los adultos (entre 18 y 46 años) tiene por lo menos cuatro problemas referidos a la ansiedad o la depresión.

Según la Organización Panamericana de la Salud, los trastornos de ansiedad son el segundo trastorno mental más incapacitante en la región. Los estudios son muchos, los titulares alarmantes. La ansiedad es, sin duda, un tópico obligado en la discusión sobre el bienestar en Colombia. En CAMBIO daremos a conocer diferentes perspectivas sobre esta, recomendaciones y aproximaciones para entenderla mejor y lidiar con ella de forma más sana.

En esta primera entrega, hablamos con Francisco Escobar, editor, periodista y Youtuber de la ansiedad; y con Valentina Sánchez Medina, psicóloga con formación psicoanalítica y con experiencia en políticas públicas. 

La ansiedad desde la visión de un editor, periodista, corredor y creador de contenido sobre la salud mental 

La ansiedad se le salió de control a Francisco Escobar cuando lo despidieron de Esquire, la glamorosa revista para hombres que dirigió por cuatro años y que le hizo creer que lo había logrado: tenía plata, estatus y el trabajo de los sueños. Los ataques de pánico –hasta cuatro diarios–se le volvieron costumbre y, por instinto, por desesperación, dice que hasta pensó en quitarse la vida. 

Aunque un médico de urgencias –me cuenta muchos años después en el mismo café en el que solía trabajar en los tiempos de Esquire–, le dijo que los ataques eran una cosa que le daba “a las viejas histéricas”, Patxo –como se le conoce en el mundo del periodismo– sabía que algo adentro estaba roto. Muy roto.  

Entonces, para rearmarse, decidió mirar la ansiedad a los ojos. 

Con la ayuda de dos psiquiatras –una en pro de la medicación y otra en contra–, se fue dando cuenta de que la “vida soñada” de director de revista de moda, aunque en efecto le tocaba las fibras y era fuente de placer, escondía una violencia laboral y un burnout que terminaron por pasarle factura. “Me di cuenta de que cuando me miraba al espejo no tenía ni idea de quién era”, dice Escobar, que hoy tiene muy claro que la despersonalización es uno de los grandes síntomas del trastorno de ansiedad.  

La terapia, y por un tiempo los medicamentos, le sirvieron para rearmarse y –acá me advierte que va a sonar estúpido– “sentarse con la ansiedad a conversar cara a cara, por el tiempo que sea necesario, dos minutos, dos horas, ¡todo el día!… hasta que deja de estar”. 

La terapia le trajo lecturas y autores para comprender mejor qué es eso que nos pasa, en la mente y en el cuerpo, que nos hace pensar y sentir que la vida y el mundo son imposibles y que el final, catastrófico e inmediato, es la única certeza. “Que Putin nos va a invadir y nos va a caer encima una bomba atómica”, en palabras de Patxo. 

La Tríada de Calvos 

La indagación lo llevó a conocer, entre otros, a la tríada de calvos –así les dice–  que en buena medida le han salvado la vida: el doctor Carlos Jaramillo, el monje budista tibetano Thích Nhất Hạnh y Robin Sharma, el escritor y conferencista canadiense. La triada le trajo un cóctel teórico y práctico que va desde los hábitos alimenticios y la importancia del magnesio, hasta la meditación, la respiración consciente y la importancia de las rutinas del sueño. Leerlos en serio, integrarlos, lo hizo cambiar sus hábitos, consciente de que la ideación ansiosa tiene como detonantes una mente dispersa, atiborrada, que nunca para, y un cuerpo a la vez exhausto y mal alimentado. 

Esta mañana, antes de vernos, como casi todos los días, Patxo se levantó a las 4 y 45, hizo un poco de yoga, meditó, le preparó la lonchera a su hija, se sentó a escribir y salió a trotar. Mientras hablamos se tomó un espresso descafeinado, pues ya sabe que para las mentes ansiosas la cafeína puede ser una bomba molotov. Toma muy poco trago, no trasnocha, dejó la rumba y los excesos y se propuso, conscientemente, ponerle un dique a la presión externa de la “hiperproductividad y el billete”, que considera dos de las grandes fuentes de la ansiedad. Tener más y más y más. Hacer más y más y más. Siempre estar haciendo algo. No aburrirse nunca. No quedarse a solas, quieto y en silencio. Estar siempre online. 

Los aparatos 

Como es profesor universitario, Patxo habla con propiedad de la hiperconexión y la adicción a las redes sociales que tienen los jóvenes –¡y los adultos!– a quienes a la vez admira y compadece por tener que lidiar con la presión malsana y delirante del status y la relevancia que imponen Instagram, Facebook, Tik Tok. Los aparatos exigen nuestra atención, todos los minutos de todas las horas de todos los días: y esa exigencia –explica– para una mente ansiosa es un volador. Como un espresso doble. Como una rumba bien pesada. 

No es un asceta ni un radical: el periodista y editor reconoce las bondades de la tecnología; y de hecho les saca provecho: desde hace unos años creó TAP–The Anxiety Project, una plataforma de contenido en la que comparte sus experiencias, aprendizajes y hallazgos sobre salud mental. Gracias a una estudiante, a regañadientes, incluyó Tik Tok en su estrategia, y sí que le funcionó. 

El problema estructural, para Patxo, es que no tenemos la voluntad y la valentía de forjarnos espacios íntimos, de aburrirnos, de descifrar quién es ese que refleja el espejo. Esta desconexión, sumada a la dispersión eterna en el mar del internet y las redes sociales, la presión de la productividad y el descuido del cuerpo, son todos caminos hacia la ansiedad. 

¿Qué hacer?

Buscar un grupo de apoyo –dice Pacho–, saber que es normal la sensación –ansiosa– de sentirse un freak, no sentir culpa, decirse hasta el cansancio que al ánimo lo rigen las estaciones, “y que el inverno ha de terminar”. Dormir bien. Comer bien. Mirar menos el celular.

Para Patxo no hay una fórmula universal para lidiar con la ansiedad, así como cada expresión ansiosa es distinta. Pero sí hay un acervo grande de acompañantes, como los calvos, que iluminan el camino. Él, por ejemplo, reticente a la autoayuda, hoy dice que El Poder del Ahora, de Ekhart Tolle, le cambió la vida. Igual que Placebo, de Joe Dispenza. Y la terapeuta que lo acompañó hasta dejar los medicamentos. "Que cada uno busque ayuda con lo que resuena, y ponga en práctica esa ayuda”, remata Patxo, que me advierte antes de despedirnos sobre la nociva proliferación de gurús del bienestar y la presión maldita del positivismo eterno, esa premisa patológica de que siempre tenemos que estar bien. 

La ansiedad desde una perspectiva psicoanalítica 

A diferencia de Patxo, a quien le costó mucho definir la ansiedad (como a la mayoría de los ansiosos), Valentina Sánchez Medina nos dio una definición teórica muy elocuente que espero no simplificar en mi intento por resumirla: la ansiedad es el afecto displacentero por excelencia, se experimenta subjetivamente –cada uno a su manera– y generalmente se siente como una angustia que deviene del miedo o de la anticipación del miedo. Como síntomas físicos viene acompañada, generalmente, de taquicardia, aceleración de la respiración, sudoración y hasta la pérdida del control de los esfínteres. En los caos más extremos –complementa– la ansiedad es descrita como una sensación abrumadora que no se puede tramitar. “Si uno va en un carro, no parece haber otra opción que abrir la puerta y saltar”.

Más adelante, complementa la definición refiriéndose a Sigmund Freud, que entendió la angustia ansiosa como el fenómeno fundamental y el principal problema de la neurosis. “El “Yo” no quiere sentir angustia, nadie quiere sentir angustia, y entonces se defiende y así surgen las neurosis”.

Igual que Patxo, Sánchez habla de la sensación de estar desintegrado, y de ser incapaz de experimentar otras emociones ajenas a la angustia, la zozobra y el temor.

¿La ansiedad empieza en el cuerpo o en la cabeza?

A la pregunta del huevo y la gallina, Sánchez dijo que en el ciclo de la vida esto cambia. En principio, al nacer, la ansiedad es meramente corporal. Difícil pensar en un choque más displacentero que el que implica dejar de respirar intrauterinamente para hacerlo ahora captando oxígeno “del mundo”. Pero después, más grandes, los recuerdos displacenteros, tanto fantasiosos como reales, son expresiones mentales que permean el cuerpo –entonces la taquicardia, la sudoración, etc–.

En este punto, hablamos sobre la ansiedad como fenómeno animal o exclusivamente humano (sí, yo sé, somos también animales). La diferencia, dijo Sánchez –que nombró estudios que ya evidencian la conciencia de sufrimiento en algunos animales no humanos– es que somos los únicos que podemos ponernos ansiosos por hipótesis y anticipaciones a la realidad, esto es, por nuestra naturaleza representacional. La zebra, si no hay leones al asecho, no sufre innecesariamente fantaseando con su llegada…

¿Siempre hemos estado tan ansiosos o es un síntoma de nuestro tiempo?

Para Sánchez, la ansiedad es constitutiva al ser humano. Es, en gran medida, una consecuencia del quehacer de los instintos. Muchas veces un mecanismo de defensa, y las otras un acto libidinal. Por eso mismo, porque tiene un carácter instintual –explica– es complejo ponerle la etiqueta de patología, pues todos y todas los que tenemos un cuerpo humano, en mayor o menor medida, hemos experimentado la ansiedad. Una amenaza a la hora de lidiar con la ansiedad, comenta, es la dificultad social que hay de relacionarse con nuestra facción más instintiva y animal; mientras se desmienta o se deje de lado o nos avergoncemos de esta, la ansiedad seguirá siendo desconcertante y aterradora.

Sobre la ansiedad en nuestro tiempo, si bien admite que es menos tabú que en otras épocas y hoy se habla más de ella, advierte el peligro de una época en la que a casi todo lo que no es placentero se le llama ansiedad. La discusión, y la terapia misma, se hace difusa sin la diferenciación entre la expresión ansiosa y otros fenómenos.

Ansiedad en hombres y en mujeres

Para la psicóloga, la diferencia estructural de la ansiedad en hombres y en mujeres –incluso en una época en la que se habla de nuevas masculinidades– es que a los hombres les sigue costando mucho más pedir ayuda a partir de un ansia afectiva y emocional. Esto explica que las tasas de suicidio sean considerablemente mayores en hombres. Culturalmente –dice– a las mujeres se nos entrena un poco mejor a la hora de preguntarnos qué está pasando ahí”.

Y aunque reconoce que las ansiedades entre hombres y mujeres son distintas, afirma que la circunstancia común está en la exigencia vital tanto para hombres y mujeres en nuestro tiempo. “Si revisamos lo que se nos exige y lo que nos exigimos, pues siento que todos, hombres y mujeres, estamos jodidos”, afirma antes de dar el ejemplo malsano de la mujer ideal: buena madre, buena esposa, CEO de su empresa, buena hija, ciudadana ejemplar...

¿Cómo lidiar con la ansiedad?

Sánchez no suele dar tips. Su comprensión freudiana de la ansiedad, y acá coincide con Patxo, la lleva a entenderla como un problema que reside en las profundidades de la psique humana (por no llenarse de términos técnicos); así que para lidiarla más vale: terapia, terapia, terapia. Sin embargo, es consciente de la validez de las estrategias prácticas en los momentos de crisis.

Habla favorablemente de la decisión consciente de detectar patrones y circunstancias que disparan “el modo” ansioso. Legitima como una buena herramienta el grounding: llevar la atención a los sentidos –a eso que se ve, se siente, se huele y se saborea en el instante–. De igual forma, le concede eficacia a la respiración consciente y diafragmática que, en tiempos de crisis, atenúa la insoportable sensación de imposibilidad vital. Ese lanzarse del carro.

Pero todo esto, repite, es atender los síntomas y no el problema estructural. Ese que yace en lo profundo y que se aborda, de veras, conociéndose más y mejor. Y con ayuda profesional. 
 

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