
Hace unos días tuve la oportunidad de conversar con Ricardo Calderón frente a estudiantes y profesores de la Escuela de Comunicación e Industrias Digitales de la Universidad Sergio Arboleda. La idea era sencilla: sentar a uno de los grandes referentes del periodismo de investigación en Colombia e Hispanoamérica frente a quienes comienzan a formarse en el oficio, y que en una entrevista compartiera su experiencia de vida y algunos secretos centrales de la profesión. Terminamos hablando de algo bastante más amplio y que acaba siendo de interés para todos los que consumimos información de una u otra manera: por qué sigue siendo necesario el periodismo en tiempos del algoritmo, la Inteligencia Artificial (IA), las noticias falsas, las bodegas y la obsesión por ser primero, visible y viral.
Calderón lleva más de treinta años investigando algunos de los episodios más oscuros del país. El proceso 8.000 estuvo en el ambiente de la pequeña redacción de Semana en la que comenzó; después vinieron las ‘chuzadas’ del DAS, Tolemaida, el llamado pacto de La Picota y, más recientemente, las investigaciones de Noticias Caracol sobre las relaciones de funcionarios del Estado con estructuras ilegales. En el camino recibió muchos reconocimientos, pero también insultos, descalificaciones, sicariato moral y amenazas de todo tipo. De hecho, sobrevivió a un atentado a bala en una carretera cerca de Ibagué. Paradójicamente, durante buena parte de esa carrera casi nadie conocía su cara. Por eso, Diego Garzón tituló el libro sobre su vida El reportero invisible.
Esa invisibilidad resulta hoy especialmente valiosa y provocadora. Vivimos una época en la que muchos jóvenes periodistas reciben el mensaje contrario: hay que hacerse visibles, acumular seguidores, construir una marca personal y opinar rápidamente sobre cualquier cosa. Calderón no niega la importancia de esa nueva realidad, pero invierte el orden: “El reconocimiento se da como consecuencia de tu trabajo”. Primero hay que tener algo que decir y poder demostrarlo. Después vendrán los seguidores.
Parece elemental, pero no lo es. Una persona con un teléfono y un número importante de seguidores puede lanzar una acusación sin una sola prueba y conseguir millones de reproducciones antes de que un periodista en un medio establecido alcance a verificarla. Está comprobado que la vulgaridad puede ser más rentable que el rigor. Una falsedad repetida suficientes veces puede terminar compitiendo en condiciones de igualdad con un hecho comprobado. Y muchas veces lo supera. La Inteligencia Artificial puede producir en segundos textos, imágenes, audios y videos que hace muy poco tiempo necesitaban horas, días o semanas de trabajo. Nunca habíamos tenido tanta información disponible y, al mismo tiempo, tantas razones para preguntarnos si aquello que estamos viendo es cierto.
Por eso resulta tan vigente e impactante escuchar y redescubrir el método casi artesanal de Calderón: ir al lugar. Escuchar. Dudar. Conocer. Contrastar. Esperar. Proteger. Resistir. Y solamente cuando esas condiciones se hayan dado, publicar.
La investigación sobre las ‘chuzadas’ del DAS, por ejemplo, nació tomando tinto con una fuente. Durante buena parte de una conversación de dos horas el hombre habló de corrupción y de su indignación por una greca que supuestamente había costado 80 millones de pesos. Casi por accidente y de forma desprevenida terminó revelando que desde el organismo de inteligencia estaban interceptando a magistrados de la Corte Suprema. Calderón pudo haber interrumpido la historia de la cafetera para lanzarse sobre semejante revelación, pero no lo hizo. Escuchó.
Hay otra enseñanza particularmente pertinente para estos tiempos: “Una filtración no es una investigación”. Que alguien entregue un expediente, una grabación o un documento reservado no convierte automáticamente a quien lo recibe en periodista investigativo. La filtración puede ser el comienzo. Después hay que establecer quién la entrega y por qué; verificar el documento; buscar fuentes independientes; entender el contexto; confrontar a quienes sean señalados y si es necesario, cuestionar la idea inicial que dio origen al trabajo.
Calderón hace un ejercicio especialmente interesante antes de publicar. Entrega la investigación a algunos compañeros y les pide que asuman el papel del abogado de la persona denunciada: destrúyanla, encuéntrenle los huecos, busquen por dónde podrían desmentirla. De diez investigaciones que comienza, calcula que nueve pueden terminar en nada. Una fuente puede desaparecer, una hipótesis muestra fisuras o simplemente los hechos no permiten demostrar lo que inicialmente parecía evidente. Y entonces hay que archivar la historia. Y eso es exactamente lo contrario de la lógica que domina buena parte del ecosistema digital: primero publicar y después averiguar. Hay una frase de Calderón que debería quedar escrita en las salas de redacción: “El 99,9 nunca es suficiente”.
Lo dijo al explicar por qué una investigación reciente de Noticias Caracol no fue publicada antes de unas elecciones. Llevaban cerca de ocho meses trabajando. Estaba prácticamente terminada. Pero todavía faltaba proteger a una fuente que estaba saliendo del país y completar la verificación de algunos datos. La noticia seguramente podía tener efectos electorales y en todo caso siempre habría alguien incómodo por el momento de la publicación. No importaba. En la forma de trabajar de Calderón, el calendario del periodista no puede ser el calendario del político. Y esa es una conclusión fundamental.
Esa independencia también ha sido puesta en la mira por el poder. Después de las revelaciones sobre el llamado ‘pacto de La Picota’, hubo una ofensiva intensa en redes contra Calderón, su equipo y su noticiero. Gustavo Petro llegó posteriormente a una reunión en ese medio y lanzó una desconcertante frase que tocó no solo al equipo de investigación, sino a todos los periodistas de Colombia: “Ahí les dejo a su periodista herido”. Sin duda ese fue un punto de quiebre. En el pasado había recibido amenazas de delincuentes, investigado organismos de inteligencia y enfrentado presiones de distintos gobiernos. Pero nunca había experimentado una confrontación semejante desde la propia Presidencia, amplificada por redes y bodegas.
Al responder sobre cómo fue ese ataque digital coordinado, lo describió con una imagen elocuente: “una pelea callejera a botellazos”. Y la respuesta de Calderón fue consecuente con la manera en que ha entendido el oficio, pasando muy por encima de la controversia con Petro: “La respuesta fue seguir publicando”.
Ahí también existe una enseñanza para el periodismo. Frente al poder, venga de donde venga, la respuesta de un periodista no debería ser convertirse en activista de la facción contraria. Ni competir en insultos y mucho menos organizar su propia bodega. La mejor defensa de una investigación es otra investigación sólida.
Calderón conoce también el extremo físico de esa idea. Después de publicar sobre los privilegios de militares condenados recluidos en Tolemaida, fue atacado a tiros mientras transitaba por una carretera. Se salvó, en buena medida, porque resbaló por una berma y alcanzó a esconderse entre un pastizal.
Cuando le pregunté qué cambió después del atentado, no construyó la imagen romántica del periodista heroico. Confesó algo bastante más humano: tuvo miedo.
“Uno como periodista no puede jugar a ser Superman”. Y después agregó frente al riesgo que entraña el oficio: “Te da miedo, hazlo con miedo, pero hazlo”.
Pero incluso esa frase necesita para vivir de otra que Calderón había pronunciado minutos antes: “Ninguna historia vale la vida de una fuente”. Valentía y temeridad no son lo mismo. Investigar también significa saber cuándo detenerse y entender que detrás de un documento o un testimonio puede haber una persona que arriesga el empleo, la libertad o la vida.
Hacia el final de la conversación, un estudiante le preguntó por la Inteligencia Artificial. Calderón no anunció el apocalipsis del periodismo. Todo lo contrario. La IA puede ayudar a recorrer expedientes gigantescos, encontrar nombres, ordenar información y ahorrar tiempo. Pero difícilmente puede reemplazar aquello que había descrito durante la hora anterior: mirar a una fuente a los ojos, detectar una contradicción, persuadirla para que entregue un documento, entender sus motivaciones, ganarse su confianza y unir puntos que aparentemente no tenían relación.
Quizá por eso la conversación terminó siendo especialmente valiosa para quienes estaban sentados ese día en el auditorio. Los periodistas que hoy están en las universidades van a vivir el oficio de una manera muy diferente a la que encontró Calderón cuando comenzó. Tendrán herramientas que nosotros no imaginamos, competirán con máquinas capaces de producir información en un instante y trabajarán en plataformas que probablemente todavía no existen.
Pero no tengo duda de que las reglas fundamentales seguirán siendo las fundamentales: Ir al lugar. Escuchar más. Hablar menos. Desconfiar incluso de aquello que uno quiere creer. Entender por qué una fuente entrega información. No confundir una filtración con una investigación. Contrastar incluso los documentos oficiales. Intentar destruir la propia historia antes de publicarla. Saber esperar. Proteger a las fuentes. No dejarse intimidar o deslumbrar por el poder. Y estar dispuesto a reconocer que una gran historia si no se pudo demostrar exhaustivamente, no puede ver la luz.
En medio de tanto algoritmo, Inteligencia Artificial y ruido digital, no cabe duda de el futuro del buen periodismo dependerá de recuperar algunos de sus principios más antiguos. Calderón resumió el más visible en cuatro palabras: “Nuestro jefe es la gente”.
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