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Democracia y violencia: ¿son las palabras totalmente inofensivas?

Sandra Borda, doctora en Ciencia Política y Secretaria de Relaciones Internacionales de Bogotá, muestra la relación que existe entra esas formas de comportamiento.

Por: Sandra Borda

Uno de los objetivos principales de las reglas del juego democrático, sino el más importante, es regular la tensión que se produce como resultado de las formas distintas de ver el mundo y de cómo resolver sus problemas que tenemos los seres humanos. En esencia, y aunque a veces algo tan simple sea olvidado, el poder del Estado es un mecanismo (no un fin), una herramienta que existe para tramitar los dilemas propios de la acción colectiva que se generan en la medida en que. por una razón o por otra, tendemos a vivir en grupos, en sociedad. Tenemos versiones divergentes sobre cómo resolver esos problemas y la democracia existe para evitar que, en el intento por hacernos al poder del Estado, estas diferencias sean zanjadas a las malas, a través del uso de la fuerza.

En otras palabras, la democracia es un antídoto contra la violencia. No es descabellado incluso decir que, entre más democracia, menos probabilidades de uso de la fuerza ilegítima tendremos en nuestras sociedades. Sin embargo, y es aquí donde reside el dilema propio de este tipo de regímenes políticos, si equivocadamente asumimos que ‘más democracia’ significa una competencia por el poder político en la que cualquier cosa que no sea la violencia física se vale y es aceptable como instrumento electoral, si asumimos que en la puja por el poder político no existe la necesidad de auto-restringirnos, de construir un discurso político responsable, entonces esa misma forma de ejercer la democracia nos puede llevar automáticamente a su destrucción.

Entre más democracia, menos probabilidades de uso de la fuerza ilegítima tendremos en nuestras sociedades

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