LO PERSONAL ES POLÍTICO

En una valiente entrevista publicada en la Revista CAMBIO el pasado domingo 30 de noviembre, Karen Santos, ex esposa de Ricardo Leyva, narró diversos episodios de violencia de la que fue víctima a manos de su expareja. Insultos, golpes, amenazas y un claro intento de matarla que, además, se pueden ver y oír en un escalofriante video que ella misma grabó: “Yo sentía que lo único que podía hacer era grabar para que, si algún día me encontraban muerta, por lo menos supieran quién fue”, afirmó.
En la madrugada del lunes 1 de diciembre, el presidente Gustavo Petro respondió así a un post de la Revista CAMBIO sobre la entrevista: “Yo no me meto en esas peleas. De ahí solo se sale aruñado por todas partes”.
Este mensaje del mandatario refleja y reafirma uno de los mitos más extendido sobre la violencia contra las mujeres en el ámbito doméstico: que son “simples” peleas de pareja. Los mitos sobre la violencia contra las mujeres son aquellas creencias erradas que existen con respecto a las agresiones, de todo tipo, de las que son víctimas las niñas y las mujeres, sobre los perpetradores o, incluso, respecto de las propias víctimas. Creencias que son amplia y permanentemente difundidas y resultan sumamente útiles para negar, normalizar o justificar la violencia. Sumado a ello, buscan traspasarle la responsabilidad de la violencia sufrida a la víctima, dejando de lado la del agresor.
En el caso de la violencia doméstica, que es la que tiene lugar en el ámbito del hogar, y de la cual la mayoría de las víctimas son mujeres y niñas, el principal mito es precisamente el que, de manera muy poco elocuente, dejó plasmado el presidente en su cuenta de X: que son peleas de pareja en las que nadie se debe entrometer.
El problema con esta afirmación es que cuando se le cataloga a la violencia intrafamiliar como “pelea”, se está normalizando esta conducta, porque ¿qué pareja no discute? Y por lo mismo se está justificando. El hecho de que se comprenda como normal y/o justificada, en últimas, niega su carácter de violencia y la convierte en una forma válida de relacionarse. Sumado a ello se le quita la responsabilidad al agresor, porque al tratarse de una “pelea”, existe una culpa compartida entre quienes hacen parte de esta. Por último, la idea de que no hay que involucrarse, porque se “sale aruñado” reafirma la creencia de que se trata de un tema privado. Al privatizar este tipo de violencia, se la deja por fuera del ámbito de acción de lo público: del estado, de las fuerzas de seguridad, de la ley y de quienes administran justicia, lo que ha sido un obstáculo enorme para hacerla visible y lograr su prevención y sanción.
Durante años la violencia doméstica, más contra las mujeres, sí fue vista como un problema privado. La estructura social patriarcal, que ha mantenido a las mujeres en un lugar de sumisión e inferioridad con respecto a los hombres, ha respaldado la idea de todo lo que sucede en la intimidad del hogar, entre una pareja, es un asunto de dos: “los trapos sucios se lavan en casa”, dicen. Sin embargo, una escena de terror, que sirve de modelo para cualquier infierno, como la que nos muestra el video grabado por Karen Santos, en el que su ex pareja le grita que la va a matar, mientras ella le suplica que no le pegue, es algo que debe salir de esas cuatro paredes. Esa escena ya no es un problema de dos, se trata de una situación violenta, aterradora, dolorosa, que pone en riesgo la vida de una mujer y que merece la atención de todas y todos. De ahí que uno de los grandes esfuerzos de los movimientos de mujeres haya sido sacar la violencia doméstica del ámbito íntimo y evidenciarla como un problema público; ¡Lo personal es político! gritaron por primera vez las feministas en los años 60, logrando, con el paso del tiempo, el interés y la intervención del estado mediante leyes y políticas públicas.
La violencia doméstica ha sido finalmente entendida como un problema de salud y de discriminación. Quienes hacen las leyes, quienes se encargan de cuidar a la ciudadanía y quienes gobiernan, han volcado sus ojos sobre este fenómeno que, por cierto, es una de las principales causas de feminicidios. En otras palabras, la violencia doméstica pasó de ser un tema meramente personal a un tema político y público. Por lo mismo, resulta entonces una contradicción, de todo tipo, que el presidente de un país afirme, por escrito, lo contrario.
Reafirmar y difundir los mitos sobre la violencia contra las mujeres es otra forma de negar su existencia y es también otra manera de agredir a sus víctimas: no solo a las sobrevivientes, sino a las que han sido asesinadas. Y cuando la reafirmación y difusión vienen de una autoridad estatal se niega además el hecho, ya imposible de controvertir, de que lo personal, en este tipo de casos, también es político y – por lo mismo - en casos de violencias contra las mujeres y las niñas la única manera de hacerlas visibles y procurar su eventual erradicación es “metiéndose” señor presidente, así se salga “aruñado”.
*Abogada penalista y profesora universitaria. En X: @MKamilaC
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