¿QUIÉN ES EL PRESIDENTE ELECTO?

No por desgastado, abusado y manoseado deja de ser relevante llamar a la “unidad nacional”. En pocas ocasiones como la actual —con un país dividido exactamente en dos— cobra tanta vigencia la necesidad de encontrar lo que Alberto Lleras llamó “un propósito nacional”.
Todos los líderes políticos que llegan al poder lo invocan, y Abelardo de la Espriella no ha sido la excepción, aunque su primer discurso como presidente electo no fue propiamente conciliador, sino más bien una dura arremetida contra el gobierno saliente, lo que producirá efectos y reacciones.
Al recibir de manos del Consejo Electoral la acreditación como próximo jefe de Estado de los colombianos, anunció que daba un plazo de un mes a los grupos armados ilegales para “organizar su sometimiento a la justicia” y advirtió que iniciaría una “auditoría exhaustiva” del gobierno pasado.
También ha reiterado que reanudará la fumigación de cultivos ilícitos, permitirá el fracking y que en tres meses restablecerá el orden y el control del Estado en todo el territorio nacional. Propósitos que bien puede compartir la mayoría de los colombianos, pero que llevan a la obvia pregunta: ¿cómo será ese cómo?
No por deseable deja de ser difícil imaginar que en ese lapso —inclusive en todo su cuatrienio— logre convertir a Colombia en un remanso de paz, libre de la extorsión y el secuestro. Si lo logra, habría que consagrarlo como Abelardo I y otorgarle todos los premios Nobel y reconocimientos imaginables.
Pero más allá del deseo y de la voluntad, que no le faltan, extirpar (no confundir con “destripar”) las causas de una violencia social tan arraigada y criminalizada requerirá de una muy creativa combinación de puño de hierro y guante de seda. De zanahoria y garrote, con previsible énfasis en lo segundo, porque aquí ya no parece haber paciencia con la paz por las buenas, pese a algunos avances, como los acuerdos logrados en el Chocó.
*******
De hoy a la posesión del 7 de agosto arranca un breve pero intenso período de ajustes y reajustes; de contactos por debajo o por encima de la mesa, que tendrán que ver con la correlación de fuerzas en el Congreso y la solidez jurídica del paquete de noventa decretos que el presidente electo ha dicho que promulgará en sus primeros días de gobierno.
El empalme será delicado: medirá el talante de ambos lados y también cómo funcionaría el esquema oposición-gobierno tras el vuelco político que significó la llegada al poder de un carismático líder de la derecha radical. Subsisten no pocos interrogantes en torno a la figura del presidente electo y de su perfil como gobernante, en lo que tiene nula experiencia.
¿Quién es Abelardo de la Espriella?, preguntaba en reciente nota CNN. Según una visión creada por IA (inteligencia artificial), es un fenómeno sociopolítico y mediático, mitad abogado penalista de casos controvertidos, mitad showman y empresario, que pasó de los estrados judiciales a convertirse en presidente de Colombia y cuya figura despierta pasiones encontradas. Producto de una época donde la política y el entretenimiento se entrelazan, logró conectar con el hartazgo ciudadano de una manera teatral y arrolladora, confirmando —concluye el perfil de IA— que en el mundo de hoy el espectáculo, el carácter fuerte y las marcas de lujo también ganan elecciones.
Sería necio desconocer todo lo que representa la victoria de este outsider, que hizo carrera sin los patrocinios políticos tradicionales y llega a la jefatura del Estado con un agresivo programa de cambio, que cautivó a la mayoría del electorado. Por una diferencia que no por estrecha —menos del uno por ciento— deja de ser tan real como significativa.
Sabremos mejor quién es Abelardo de la Espriella cuando comience a poner en práctica sus postulados. No pienso que cometa la torpeza de desmontar las reformas sociales del gobierno Petro, pero podemos olvidarnos de procesos de paz con grupos armados que no cesen ya sus acciones.
En el plano internacional reanudará relaciones con Israel, lo que me parece correcto, y disfrutará del entusiasta apoyo del gobierno Trump, con todo lo bueno o menos bueno que pueda resultar de este compadrazgo. Contar con el respaldo de la primera potencia es, sin duda, positivo para el país y vital para el próximo gobierno. En eso Abelardo jugó bien sus cartas. No así en sus descalificaciones de la ONU y la OEA, muy en boga entre una derecha regional tan radical como miope. Su intención de eliminar la JEP —una pésima idea— requeriría de una muy improbable reforma constitucional, aunque puede dedicarse a debilitarla y desfinanciarla.
No resisto la tentación de mencionar la forma entre divertida y grotesca como Trump se apropió del triunfo de su protegido. Dijo que “él iba como en el décimo lugar hasta que yo le di mi apoyo y ganó con holgura”. Tres mentiras en una sola frase, pero lo más revelador fue cuando, respondiendo a una pregunta sobre por qué su apoyo a De la Espriella, dijo que “me gusta la gente a la que yo le gusto. Es así de simple”. Cierto, mayor simpleza imposible.
El presidente electo no ha gobernado nunca ni desempeñado un cargo de responsabilidad pública. Pero ganas no le han faltado, ni le faltan. Ahora podrá mostrar su talante presidencial y el país tendrá que estar atento desde el primer día para juzgar su gestión. Para respaldar lo bueno y cuestionar lo malo.
Así de simple, también.
P. S. 1: Menos mal quedó enterrado el Ministerio de la Igualdad. Un delirio burocrático innecesario y absurdo que tendría enormes costos para el tesoro público.
P. S. 2: Al finalizar esta columna aún no han jugado Colombia y Portugal, pero creo con firmeza que saldremos invictos para la próxima fase del Mundial. No en vano tenemos una de las mejores selecciones de los últimos tiempos.
Lea los comentarios










