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Abelardo de la Espriella en su cierre de campaña en Barranquilla.
País

Cuando la palabra se vuelve rugido: análisis del discurso de Abelardo de la Espriella

Abelardo de la Espriella en su cierre de campaña en Barranquilla. Créditos: Ana Cañón - CAMBIO.

La escritora Amalia Tapiero analiza el discurso pronunciado por Abelardo de la Espriella tras la primera vuelta presidencial para reflexionar sobre el papel del miedo, la rabia y la construcción del enemigo en la política contemporánea. A través de herramientas del análisis del discurso y la teoría democrática, el artículo examina los riesgos de la polarización y los desafíos de la convivencia democrática en Colombia.

Por: Amalia Tapiero Barreto

Atiendo al llamado de Yolanda Ruiz a los jóvenes en su reciente columna y, después de reflexionar en medio de esta confrontación que vivimos los colombianos, intento ordenar mis ideas y limpiar un poco el terreno. Porque sí: “Después de cada guerra / alguien tiene que limpiar. / No se van a ordenar solas las cosas”, escribe Wisława Szymborska, citada por Ruiz.

Ese es también el propósito de estas líneas, que de cara a la segunda vuelta presidencial no pretenden más que analizar el discurso pronunciado por Abelardo de la Espriella el pasado 31 de mayo. Entre tanta hostilidad, me detengo a preguntarme qué dejan tras de sí tantas apelaciones al miedo, a la rabia y a la desconfianza. ¿Qué queda cuando termina el acto político y se apagan los micrófonos? ¿Qué nos dicen esas palabras sobre nosotros mismos y sobre un país que parece condenado a regresar, una y otra vez, a los ciclos centenarios de violencia sobre los que escribieron los grandes poetas de nuestra tierra?

Ahora bien, como también advierte Szymborska, la tarea de reconstrucción rara vez resulta atractiva: “Eso de fotogénico tiene poco / y requiere años. / Todas las cámaras se han ido ya / a otra guerra”. Justo ahí comienza el trabajo más difícil: recoger las palabras que quedaron esparcidas tras la contienda, dejar de ver enemigos en todas partes y encontrar la manera de volver a reconocernos juntos en un mismo país.

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Un espectáculo agresivo e infortunado

Como salido de una película de acción de bajo presupuesto, el ganador de la primera vuelta apareció a bordo de un planchón en el malecón de Barranquilla. Se trataba de “un tigre” en el Magdalena, errante entre corrientes turbias y cercano a los hipopótamos que habitan río arriba —legado de quienes aún siembran la miseria sobre esta tierra y cuya imagen remite, de forma inevitable, a la del abogado—. Desde allí, Abelardo se pronunció tras conocerse los resultados, mientras Gustavo Petro se negaba a reconocer el resultado del preconteo.

Se trataba de “un tigre” en el Magdalena, errante entre corrientes turbias y cercano a los hipopótamos que habitan río arriba —legado de quienes aún siembran la miseria sobre esta tierra y cuya imagen remite, de forma inevitable, a la del abogado—.

Así comenzó su discurso: “No vamos a permitir que, utilizando la combinación de todas las formas de lucha, Petro, Cepeda y demás hierbas del pantano, bandidos redomados, se roben la voluntad del pueblo. Vamos a defender la democracia por la razón o por la fuerza”.  El “enemigo” apareció antes que cualquier propuesta y, en adelante, fue el centro del mensaje. La multitud celebró cada acusación, exageración y promesa de combate como en el clímax de una función. “¡Aquí está tu tigre, que ruge y que muerde!”, exclamaba el candidato, jaleado por una multitud que respondía: “¡Fuera el comunismo; fuera, zurdos de mierda!”. El intercambio tenía algo de liturgia y algo de barra brava; oscilaba entre un decadente mitin político y los delirios de grandeza de un hombrecillo empeñado en rugir como un tigre.

Y así como el tigre es un animal extranjero —sobre todo en tierra de pumas, jaguares y ocelotesse apeló también al extranjero en pos de la defensa de la democracia: “Que los Estados Unidos y los países democráticos vigilen esta segunda vuelta”. Fue ahí cuando ese tigre, con su mordedura desde el Magdalena, se reveló más bien como un gato domesticado y necesitado de la tutela del águila de Washington sobre el trópico. Esta no tardó en extender sus alas sobre el candidato: sí, Trump ha respaldado a Abelardo

Fue ahí cuando ese tigre, con su mordedura desde el Magdalena, se reveló más bien como un gato domesticado y necesitado de la tutela del águila de Washington sobre el trópico.

Este fue el comienzo menos alegre y épico que brutal y grotescode una campaña poblada de bestias exóticas, cada vez más alejada del país real y antesala de los excesos de la patria milagro que promete el candidato.

El tigre y sus presas: los afectos en la política

A propósito de esta puesta en escena, vale la pena retomar a la filósofa belga Chantal Mouffe (1943). Desde hace décadas, Mouffe ha cuestionado la idea extendida de que, en las democracias liberales, la política debería regirse exclusivamente por argumentos racionales y por el consenso. Pero no existe una sociedad sin conflictos ni una democracia capaz de eliminarlos por completo. De ahí que, según la filósofa, siempre se configure, dentro de estas, un ellos que busca diferenciarse activamente de un nosotros: una contraposición inherente a todo grupo social que permea todas sus relaciones y está impulsada por pasiones.

Se trata de pasiones antes que de emociones porque la política es una experiencia colectiva: lo que suele estar en juego no son solo los sentimientos individuales, sino también los afectos compartidos. En consecuencia, toda identidad política en una sociedad necesita generar pertenencia respondiendo a esas dudas básicas: ¿quiénes somos nosotros? y ¿quiénes son ellos? El verdadero quid del asunto consiste en descifrar qué hacer con esas diferencias y contraposiciones para no terminar en una confrontación abierta y violenta que pueda derivar en una guerra civil. Porque una cosa es tener adversarios, y otra muy distinta, tener enemigos.

Abelardo: un engendro de la ‘petrofobia’

Pero Abelardo no parece reconocerlo así. El ejercicio político, que es —según Mouffe— tanto la construcción de la realidad como la de los significados con los que esta es comprendida, en su caso no es solo diferenciación, sino violencia pura: el nosotros es “la manada”, y el ellos es “los comunistas criminales”. Lo confirma su retórica inflamatoria contra las personas de izquierda: “A esa plaga hay que erradicarla. Haré todo lo que esté a mi alcance para destriparlos”. Y lo corroboran también los relatos, símbolos e imágenes con los que produce y orienta las pasiones de sus seguidores, desde un repertorio visual de caricaturas de tigres hasta un pseudohimno: “Tigre que ruge y muerde, / tigre que nada teme, / tigre que deja huella, / Abelardo de la Espriella. / ¡Firme por la Patria! / Que no te miente, nadie lo para, / a los corruptos, el tigre los caza. / El empresario, el visionario, / prosperidad pa’ una gran democracia”. Toda esta simbología solo está dirigida a exaltar a Abelardo, el típico líder de la ultraderecha contemporánea, depredador de los enemigos de la nación.

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Con el puño en alto y un tono vehemente, Abelardo de la Espriella se dirige a los asistentes durante el acto del 31 de mayo en Barranquilla. Créditos: Ana Cañón - CAMBIO.

 

Desde sus primeras intervenciones de campaña y con la elocuencia del pasado 31 de mayo —cuando citó, de forma difícil de justificar, a Gabriel García Márquez, aun cuando resulta impensable que el Nobel respaldara semejante proyecto—, ha quedado en evidencia una forma de hacer política basada en el nosotros asediado por enemigos internos: “comunistas”, “zurdos”, “bandidos”, habitantes de un supuesto “pantano moral y político”. Entre tanto espectáculo, el adversario apareció transformado en una amenaza. Y la multitud respondió con entusiasmo, porque las pasiones funcionan precisamente así: cohesionan. El miedo une. La rabia une. El odio también.

A este respecto, Mouffe no considera que las pasiones constituyan un problema para la democracia, pues son consustanciales a ella. El problema surge cuando, como en el caso de Abelardo, la confrontación democrática adopta la forma de una guerra moral, antagonismo lo llama ella, y el oponente pasa de ser un adversario legítimo a un enemigo que debe ser derrotado, expulsado o eliminado del espacio común.

¿Quién es Abelardo de la Espriella? Por Felipe López Caballero

Por eso propone una idea sencilla pero exigente: la democracia debe sublimar el ineludible conflicto. Pero esto no implica construir una sociedad sin desacuerdos, sino más bien una en la que quienes piensan distinto puedan enfrentarse políticamente sin negarse mutuamente el derecho a existir. A eso lo llama agonismo: un cara a cara intenso entre proyectos incompatibles, pero desarrollado dentro de un marco compartido de reglas e instituciones. ¡Y qué bien nos haría en Colombia!

Desde esta perspectiva, la intervención de De la Espriella, con chaleco antibalas y tras un vidrio blindado, resulta reveladora. Lo que merece atención no es el conflicto que suscita, sino cómo lo construye y lo orienta. Porque para movilizar a sus seguidores, en vez de apelar principalmente a proyectos, evocó enemigos, amenazas inminentes, cánticos desaforados, secuencias de luces enceguecedoras, conspiraciones recurrentes y, sobre todo, símbolos y odio que movilizan las pasiones al borde del fanatismo. Y ese odio que se promulga desde el escenario, frente a las manos que aplauden, halla en Szymborska su mejor retrato: “Ay, esos otros sentimientos, / debiluchos y torpes. / ¿Desde cuándo la fraternidad puede contar con multitudes? / ¿Alguna vez la compasión llegó primera a la meta? / ¿Cuántos seguidores arrastra tras de sí la incertidumbre? / Solo el odio, que sabe lo suyo, arrastra”.

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La imagen captura un gesto severo de Abelardo de la Espriella en medio de su intervención pública. Créditos: Ana Cañón - CAMBIO.

 

A la luz de esto, conviene revisar algunas de las afirmaciones más notorias del 31 de mayo para contrastar sus palabras con los hechos y jamás —nunca— normalizar ese odio.

¿Tigre o gatito mimoso del poder?

Durante la última contienda presidencial en Argentina, que ganó el ultraderechista y autodenominado “león” Javier Milei —quien, dicho sea de paso, los tiene sumidos en una crisis social inédita—, despuntó una frase sobre él que exclamó una de sus oponentes, la abogada y dirigente nacional del Partido de los Trabajadores Socialistas, Myriam Bregman: “Milei es un empleado de los grandes empresarios, que han ganado millones en estos años, y con él esperan ganar mucho más. No es un león, es un gatito mimoso del poder económico”.

Las coincidencias entre la campaña de De la Espriella y la de Milei son notorias: la promesa de achicar el Estado, la denuncia de “los mismos de siempre” y una identidad antisistema. Sin embargo, esa imagen empieza a resquebrajarse al examinar su trayectoria.

En Barranquilla, De la Espriella celebró un supuesto triunfo “sin los de siempre” y prometió gobernar “sin politiqueros, sin partidos”. La afirmación resulta, cuando menos, problemática si se analizan sus clientes y la procedencia de los dineros de los que tanto se ufana. Minutos antes, Paloma Valencia ya había adherido su campaña y obtenido sus elogios, a pesar de las intensas fricciones durante la contienda electoral; igualmente, ya contaba con el respaldo de la casa Char, el partido ConservadorCambio Radical y el conglomerado financiero Grupo Gilinski, a través de su revista Semana. El propio Abelardo reivindica, además, a Álvaro Uribe como “el gran colombiano” y ha sido uno de sus abogados.

Su trayectoria profesional tampoco encaja fácilmente con la imagen del outsider. Como documentó ampliamente CAMBIO, entre sus clientes figuran nombres tan conocidos como los hermanos NuleDavid Murcia GuzmánAlfonso HilsacaAlex Saab, Jorge PreteltManuel CubillosÁlvaro Gámez Torres y varios protagonistas de la parapolítica. También asesoró a Hidroituango, un megaproyecto rodeado de controversias por su impacto en la búsqueda de desaparecidos en el cañón del río Cauca.

A ello se suma la Fundación Iniciativas por la Paz (FIPAZ), creada durante las negociaciones en Ralito y promotora de foros con jefes paramilitares desmovilizados como Salvatore Mancuso y alias Ernesto Báez. El propio Mancuso ha afirmado que él y Abelardo eran “amigos de chiquitos”—reencontrados durante el proceso de paz— y que De la Espriella lo visitó en varias cárceles de Estados Unidos. Por supuesto, no se trata de cuestionar el derecho de estas personas o entidades a una defensa jurídica. Pero sí llama la atención que este outsider haya desarrollado buena parte de su trayectoria entre algunas de las figuras más influyentes y controvertidas del poder político, económico y judicial colombiano.

Firmes por la plata: Abelardo de la Espriella a través de sus clientes

Más que quiénes son “los de siempre”, hay que preguntarse por qué esa frontera parece desplazarse cada vez que uno de ellos se suma a la manada. Y otra pregunta se desprende de sus propuestas: ¿quiénes son exactamente “los bandidos”? A lo largo de su intervención, De la Espriella prometió una patria dividida en la que “los buenos sean protegidos y los bandidos perseguidos, capturados o dados de baja”. Llama a Iván Cepeda “un bandido aliado de narcoterroristas”; lo acusa de ser “amigo del ELN y de las FARC”, y presenta la elección como una lucha contra el “comunismo criminal” y el “narcoterrorismo”.

Más que quiénes son “los de siempre”, hay que preguntarse por qué esa frontera parece desplazarse cada vez que uno de ellos se suma a la manada.

Sin embargo, una de sus propuestas más llamativas apunta en una dirección muy distinta. En entrevistas y en escenarios públicos, ha planteado la posibilidad de legalizar el 10 % del capital proveniente del narcotráfico, la minería ilegal y otros crímenes. Presentada como pragmatismo económico, la formulación abre una discusión sobre los límites entre formalización y legitimación de economías ilícitas en el país… aquí, donde lo exótico y lo ilegal conviven en el paisaje cotidiano. Si el narcotráfico amenaza la patria, si el país libra una batalla final contra los criminales y si los bandidos deben ser perseguidos, ¿por qué abrir una puerta para legalizar fortunas acumuladas precisamente gracias a esas actividades? 

Defender la Constitución, pero sin espacio para la diferencia

Uno de los momentos más llamativos del discurso llega cuando De la Espriella jura defender la Constitución de 1991 de quienes pretenden “cambiar el Estado de derecho por la tiranía”. Sin embargo, su retórica contrasta con la esencia misma de lo que supuestamente intenta preservar: “Ya no hay matices, queridos colombianos, ya no hay espacio para la diferencia”, proclama. La contradicción no es menor: la Constitución protege precisamente el pluralismo político, la libertad de conciencia y el derecho de los ciudadanos a pensar distinto. Defenderla de verdad, más allá de preparar una batalla final entre la patria milagro y los enemigos, implicaría aceptar la existencia de adversarios legítimos, no negar de entrada su licitud.

Adicionalmente, varias de sus propuestas plantean tensiones constitucionales. A pesar de haberse declarado ateo hasta hace poco, plantea una “contrarrevolución cultural” para que Colombia “regrese a Dios”: propone "meter a Dios en las clases", no hablar de ideología de género y eliminar a Fecode de la educación pública —las tres, medidas que colisionan con el carácter laico y pluralista del Estado colombiano—. También propone suprimir la JEP, a la que califica de “farsa”, pese a que es el principal mecanismo de justicia transicional del Acuerdo Final de 2016, avalado por la Corte Constitucional para situar a las víctimas en el centro de los procesos de verdad, justicia y reparación. 

Aquí surge una pregunta: desde la tradición cristiana a la que apela, ¿cómo se concilia la figura de Jesús con un proyecto político semejante? ¿Sería posible imaginarlo de pie, a su lado, aquella noche del 31 de mayo en Barranquilla? ¿Puede sostenerse el uso de su imagen como legitimación simbólica de una plataforma que, desde la retórica, normaliza el lenguaje de la violencia y sostiene abiertamente que la ética no tiene nada que ver con el derecho?

Aquí surge una pregunta: desde la tradición cristiana a la que apela, ¿cómo se concilia la figura de Jesús con un proyecto político semejante? ¿Sería posible imaginarlo de pie, a su lado, aquella noche del 31 de mayo en Barranquilla?

Se evidencia, en suma, un desacople entre el vocabulario de la defensa constitucional y la impugnación de algunos de sus fundamentos: el carácter social, de derecho, pluralista y no confesional del Estado, y el principio público de neutralidad religiosa.

¿La patria de “todos para todos”?

Los últimos minutos son notorios. De la Espriella abandona momentáneamente el lenguaje bélico y describe una Colombia reconciliada y construida por “todos los hombres y mujeres”, “todas las religiones”, “todos los campesinos”, “todas las comunidades ancestrales”, “todos los periodistas”, “todo el bienestar animal”. Una patria, insiste, “de todos para todos”.

La imagen es linda. El problema es que llega después de un preludio dedicado a establecer quiénes no forman parte de ese “todos”. Si “ya no hay espacio para la diferencia”, si “la neutralidad es complicidad” y si quienes piensan distinto son “bandidos” o “narcoterroristas”, resulta difícil imaginar una comunidad política verdaderamente incluyente. No en vano, es bien conocida su estrategia para amedrentar a periodistas y se ufana de haber volado gatos con pólvora de joven.

¿Qué es el fracking y por qué le tenemos tanto miedo?

Y las contradicciones se acumulan. Mientras celebra “la vida y la biodiversidad de la Amazonía”, propone desmontar la regulación ambiental y retomar el fracking; exalta la diversidad territorial del país, pero plantea retirar a Colombia de la ONU. Aunque promete más seguridad, más infraestructura y una transformación profunda, propone reducir el Estado en un 40 % y liquidar 700 000 empleos públicos; y mientras afirma que su prioridad es proteger la vida de los colombianos, quiere construir megacárcelesaliarse militarmente con Israelampliar el porte civil de armas, medida asociada con mayores índices de homicidio, accidentes y violencia intrafamiliar.

Al final del discurso, el “todos” parece abarcar regiones, paisajes y generaciones, pero no necesariamente a quienes discrepan. La “patria de todos” podría ser, en realidad, una comunidad reservada para quienes aceptan la definición de patria propuesta por el propio candidato: ese nosotros excluyente y antagónico al que se refiere Mouffe.

La “patria de todos” podría ser, en realidad, una comunidad reservada para quienes aceptan la definición de patria propuesta por el propio candidato.

Las mujeres de la patria

La patria milagro también tiene un lugar reservado para las mujeres. Al enumerar las fuerzas que habrán de salvar a Colombia, De la Espriella ha asignado a cada grupo una función: “La experiencia de los empresarios, la fuerza del trabajador, la sabiduría de nuestros viejos, la ardentía de las mujeres de la patria y la rebeldía destructiva de los jóvenes de Colombia”. A diferencia de los otros, abocados al actuar, las mujeres aparecen asociadas a una vaga “ardentía”, acaso convocadas como reserva moral, afectiva y casi erótica —¿ardentía quizá, por lo ardientes a sus ojos?— de la nación, pero no como protagonistas de la vida pública en sus propios términos.

La tensión se agudiza cuando se recuerda que quien proclama creer en la ardentía femenina, acérrimo pero misógino y homofóbico defensor de la familia tradicional, protagonizó semanas atrás uno de los episodios más controvertidos de su campaña, al insinuarle a una periodista que hiciera zoom sobre sus genitales en una fotografía —hecho por el que ya una juez le ha ordenado disculparse—. Asimismo, se ha declarado opositor al aborto y ha denominado con sorna a Colombia como “potencia mundial del aborto”

A diferencia de los otros, abocados al actuar, las mujeres aparecen asociadas a una vaga “ardentía”, acaso convocadas como reserva moral, afectiva y casi erótica —¿ardentía quizá, por lo ardientes a sus ojos?— de la nación, pero no como protagonistas de la vida pública en sus propios términos.

Fin y principio

Cuando la política adopta la gramática de la exaltación y la amenaza —cuando el rugido reemplaza la palabra y enardece a la multitud con la promesa del combate—, el riesgo de una confrontación abierta y violenta se vuelve tangible. Por eso urgen liderazgos menos dependientes de enemigos inventados y más atentos a la complejidad del desacuerdo. Al fin y al cabo, esta es la “democracia más antigua de América Latina”: la de un país que, siempre con impecables modales, ha cometido toda clase de atrocidades en nombre de esa ficción.

Al fin y al cabo, esta es la “democracia más antigua de América Latina”: la de un país que, siempre con impecables modales, ha cometido toda clase de atrocidades en nombre de esa ficción.

Siempre podemos enderezar el rumbo de este antagonismo en el que estamos sumidos. Como advierte Chantal Mouffe, el problema —usual entre los colombianos— es la transformación del desacuerdo en un antagonismo absoluto y la tentación de ver enemigos en cada esquina y amenazas en cada diferencia.

Dicen que el odio es ciego. Pero Szymborska replica: “¿Ciego? / Tiene el ojo certero del francotirador / y es el único que mira hacia el futuro / con confianza”. Me rehúso a aceptar que el único futuro que pueda contemplarse con confianza sea el del odio: ese que conduce a esa guerra cuyos primeros escombros ya habitamos. Estoy segura de que en Colombia muchos —sobre todo jóvenes, como alega Yolanda Ruiz— estamos dispuestos a reconstruir lo que ella destruya. Pero la verdadera tarea consiste en detenerla y evitar sus ruinas.

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