
Buenaventura: aislados, sin agua y con las calles cubiertas de escombros
Una de las calles del centro de Buenaventura tras el terremoto de este lunes. Foto cortesía: Linda Posso Gómez
Crónica de los dramáticos momentos de un puerto que quedó a la deriva tras el fuerte terremoto de magnitud 7,4. Su tragedia apenas comienza a dimensionarla el país, después de que ese importante puerto quedó aislado por los daños de su única carretera de acceso.
Por: Armando Neira
Buenaventura tiene sed. La afirmación resulta difícil de entender para quien no conoce el principal puerto sobre el Pacífico colombiano y lo tiene en el imaginación como un lugar bello, donde se aspira siempre la brisa pura, como el cristal, circundado por el mar, como lo retrata la popular canción.
La mañana de este lunes 10 de agosto fue muy distinta. A las 7:34 a.m. el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país hizo crujir esta ciudad de más de 330.000 habitantes. Edificios y casas, principalmente del centro –construcciones de madera y calles estrechas, típicas de las ciudades portuarias del Pacífico–, se derrumbaron. Columnas de polvo se levantaron varios metros. Los habitantes corrieron despavoridos, convencidos por unos instantes de que era el fin del mundo.
Linda Posso Gómez, coordinadora de la Oficina Regional Pacífico de la Fundación Paz y Reconciliación (Pares), tuvo un mal presentimiento. Por su trabajo, conoce Buenaventura como la palma de su mano y entendió que el movimiento telúrico había sido tan fuerte que sería un milagro que no hubiera dejado víctimas.
La socióloga de la Universidad del Pacífico salió, junto con cientos de personas y de grupos de solidaridad, a ayudar en cuanto la tierra dejó de sacudirse. Al llegar al centro se detuvo un instante, perpleja: sobre los andenes yacían los escombros; las edificaciones mostraban sus interiores, desnudos de paredes y ventanas; y el enjambre de cables y postes caídos completaba la imagen del caos. La gente levantaba los brazos al cielo e imploraba a Dios.

Las señales de los celulares dejaron de funcionar y la información comenzó a correr de boca en boca. Que allí había unos heridos muy graves. Que allá había otros que podían moverse por sus propios medios. Que en tal lugar alguien no había sobrevivido. Desesperados, decenas de personas se sumaron a las labores de ayuda en medio de la confusión. El polvo se metía por la nariz y hacía sentir que faltaba el aire. Entonces apareció otra angustia: el agua.
La lucha por el agua potable
Abrir la llave y que salga agua es algo normal. Pero en Buenaventura no lo es, pues se trata de un problema estructural que la ciudad arrastra desde hace casi medio siglo y que, entre otras razones, muestra la deficiente gestión del acueducto.
Aunque Buenaventura cuenta con una red de acueducto, sus habitantes llevan décadas enfrentando racionamientos: el agua potable llega apenas cada tres días. Desde 2001, el servicio está a cargo de un contrato mixto entre la Sociedad de Acueducto y Alcantarillado de Buenaventura (SAAB) y la empresa privada Hidropacífico, mediante un contrato de 20 años que resultó polémico y bajo el cual el servicio, lejos de mejorar, se deterioró.
Lo paradójico es que Buenaventura no enfrenta el problema típico de otros municipios pobres: dispone de importantes recursos propios gracias a la actividad portuaria, que mueve el 42 por ciento del comercio exterior colombiano. El problema, según los diagnósticos que se han hecho durante años, ha sido de gestión, corrupción y contratos mal ejecutados.
Entre 2002 y 2012, de hecho, se invirtieron más de 104.000 millones de pesos con el propósito de alcanzar una cobertura del 97 por ciento. Los recursos llegaron incluso de fondos internacionales, pero buena parte de esos contratos nunca se ejecutó por completo.

En el puerto hay numerosas edificaciones que sufrieron daños y que deberán ser evaluados por expertos para determinar si son estructurales y, de ser necesario, proceder a tomar medidas drásticas como su demolición. Foto: cortesía.
La situación era desesperante. Tanto, que en 2017 la comunidad realizó un paro cívico de 22 días para exigir, entre otras cosas, el derecho al agua. Que una ciudad tenga que salir a las calles para reclamar algo tan elemental, retrata la gravedad del problema. Ahora, después del terremoto, el panorama amenaza con ser todavía más crítico.
Y viene el súper Niño
A esto se suma otro fenómeno natural: el llamado súper Niño, como se conoce a la fase más intensa de El Niño que, según el Ideam, ya está presente en el país y podría intensificarse durante los próximos meses. El sistema de acueducto depende, en parte, de la planta de tratamiento del río Escalerete, cuyo funcionamiento puede verse afectado por fenómenos climáticos, lo que obliga a recurrir a carrotanques para distribuir agua cuando la planta falla.
Después del terremoto, la gente se volcó a buscar información. Escucharon que el epicentro había sido en San José del Palmar, en el departamento del Chocó. Sin embargo, los focos de atención estaban puestos en Cali y en el Eje Cafetero. Poco se hablaba de esa población de nombre espléndido. Y menos aún se hablaba de Buenaventura.
Para completar el aislamiento, la conectividad terrestre quedó interrumpida por tres deslizamientos en los kilómetros 69+200 de la vía Buga-Buenaventura, 52+300 de la vía Cali-Loboguerrero y 50+55 de la vía Buenaventura-Buga, a la salida de los túneles. Los derrumbes encerraron la ciudad.
Buenaventura está construida sobre la isla de Cascajal, conectada con el continente por puentes que desembocan en la carretera hacia el centro del Valle. Con los derrumbes, la ciudad quedó, literalmente, al margen del país.
Las primeras informaciones oficiales daban cuenta de diez personas fallecidas, 174 lesionadas y tres desaparecidas, además de 287 familias afectadas y 397 damnificadas. Se contabilizaban también 53 casas destruidas y 91 averiadas. Se teme que estos números crezcan.
Vivir encima del mar
Muchos barrios periféricos, especialmente los construidos sobre palafitos –casas elevadas sobre pilotes junto al agua–, son aún más vulnerables a un sismo como el ocurrido. Esa condición ayuda a describir la magnitud de los daños en las viviendas. Ello explica que líderes y lideresas de distintos barrios reportaran a la Alcaldía más de 600 viviendas con algún tipo de daño.
Entre las instituciones educativas afectadas están algunas de las que construyó monseñor Gerardo Valencia Cano (1917-1972), primer vicario apostólico y obispo de Buenaventura desde 1953 hasta su muerte. Valencia Cano se convirtió en uno de los máximos referentes espirituales, sociales y educativos del puerto. Se le recuerda con cariño como el “Hermano Gerardo” o el “obispo de los pobres”, por su defensa de las comunidades afrodescendientes y su lucha contra la desigualdad.

Como clérigo que reivindicaba la educación de los pobres y participaba abiertamente en el grupo sacerdotal Golconda –con el corazón en la teología de la liberación–, fue estigmatizado y señalado de guerrillero, de incitar a la revuelta y de promover el odio. Él pasó por encima de las acusaciones y sostuvo que en Colombia existía un racismo estructural que debía enfrentarse, entre otras vías, mediante una mejor educación para los desposeídos.
“Tres de las escuelas que él hizo están muy afectadas”, cuenta Posso Gómez. Para ella, ese fue uno de los hechos más impactantes de la tragedia.
Horas después, con las líneas de comunicación parcialmente restablecidas, Posso Gómez relató cómo vivieron el aislamiento. Durante buena parte del primer día permanecieron encerrados en sus casas y lugares de trabajo. “Estábamos encerrados, sin aire, sin señal, sin energía, sin agua”, describe.
Para el segundo día, la energía eléctrica había regresado a buena parte de la ciudad y el servicio de gas funcionaba con normalidad.
La Alcaldía decretó la calamidad pública porque la red hospitalaria colapsó: los pacientes tuvieron que ser atendidos en las afueras de los centros de salud por falta de camillas. La tragedia no fue mayor porque este lunes no había clases. Según Posso Gómez, las necesidades más urgentes de la comunidad ahora son agua, medicamentos e insumos básicos. La Alcaldía habilitó un punto oficial de acopio y varios colectivos y organizaciones comenzaron también a recoger donaciones.
Un saldo doloroso
“En Buenaventura el agua es una necesidad”, resume Posso Gómez para subrayar que la ciudad ya enfrentaba mucho antes del terremoto una situación crítica de acceso al líquido.
Sobre los daños, cuenta que en la zona insular colapsaron varias edificaciones y otras sufrieron daños estructurales. No hay un balance definitivo porque la ciudad había permanecido incomunicada, sin señal en buena parte del área urbana y sin energía, por lo que ni siquiera era posible establecer con precisión cuáles eran las zonas más golpeadas.
A la alcaldesa de Buenaventura, Ligia del Carmen Córdoba Martínez, el terremoto la sorprendió en su despacho. “Lo sentimos por más de un minuto”. Narró que eran las 7:34 y, como toda capitana del barco, fui la última en bajar", dijo al explicar cómo descendió 12 pisos por las escaleras.
“Estamos pidiéndole a Dios que nos ayude, sobre todo con la vida de la gente”, agregó la mandataria.
Mientras tanto, Posso Gómez volvía a las calles. “Nosotros, como estamos buscando agua por todos los barrios, vamos a hacer un recorrido también para ver cómo está la situación en este momento”, dijo antes de salir a internarse en la ciudad que conoce tan bien: una ciudad de mayoría afrodescendiente, con una poderosa identidad cultural del Pacífico, donde sobreviven los sonidos de la marimba y el currulao.
Es un puerto que históricamente ha soportado altos niveles de pobreza y desigualdad, pese a ser uno de los puntos fundamentales para la economía nacional. Esa contradicción ayuda a entender la dimensión de la emergencia que dejó el terremoto.
Buenaventura es una ciudad rodeada de manglares, esteros y selva húmeda tropical. Tiene un clima cálido y muy lluvioso –es uno de los lugares más húmedos del mundo–, una vegetación exuberante y una abundante vida marina en su bahía. Es decir, en Buenaventura se palpa el agua por todas partes. Pero hoy tiene sed.
Lea los comentarios










