
Álvaro Gómez distinguió alguna vez entre los gobiernos que tenían la virtud de estar abiertos al diálogo, y aquellos cuya actitud se reducía a enfrascarse en conversaciones estériles e interminables. A estos últimos los denominó “estados dialogantes” en los que la dinámica virtud del diálogo se transmuta en una malformación administrativa paralizante.
Esta es una pregunta que quedó flotando en el ambiente, después de escuchar al presidente electo Gustavo Petro el pasado 19 de junio en su discurso de la victoria. ¿Su gobierno tendrá la dinámica propia de las administraciones abiertas al diálogo, o se encerrará en una paralizante actitud dialogante? No se sabe.
Desde luego se trataba de un discurso de triunfo. No se esperaba que fuera a descender en los detalles. Su elección fue rotunda. Su legitimidad queda fuera de toda discusión. Y ha recibido el mandato claro del pueblo colombiano para liderar durante los próximos cuatro años una transformación hacia el cambio con equidad social.
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