
Las palabras del padre Francisco de Roux en la entrega del informe final de la Comisión de la Verdad suscitaron emociones lacerantes, preguntas que conciernen a todos los habitantes de esta nación y el imperativo ético del país para realizar una apropiación narrativa del pasado de inhumanidad que hemos vivido en las últimas décadas. El informe contempla duras cifras sobre colombianos secuestrados, asesinados, desaparecidos y desplazados. Recoge también los dolorosos testimonios de más de 30.000 víctimas entrevistadas. Sin embargo, lo más profundo e impactante son los interrogantes acerca de la inacción estatal y ciudadana frente a las atrocidades cometidas.
¿Por qué el país no se detuvo para exigir a las guerrillas y al Estado parar la guerra política desde temprano y negociar una paz integral? ¿Cuál fue el Estado y las instituciones que impidieron y más bien promovieron el conflicto armado? ¿Qué dicen los jueces y fiscales que dejaron acumular impunidad? ¿Qué papel desempeñaron los formadores de opinión y los medios de comunicación? ¿Cómo nos atrevemos a dejar que pasara y a dejar que continúe? Se pregunta el padre De Roux en su condición de presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad.
El discurso nos trajo de regreso conceptos que creíamos enmohecidos en el guardarropa de la historia adonde fueron a parar por la voluntad de quienes se sienten incómodos con estas verdades y consideran que es mejor consolidar las políticas de olvido que han prevalecido durante el último cuatrienio. Con el Informe final de la Comisión retornaron las ideas de forjar una cultura de paz y de reconciliación. La reconciliación no presupone la ausencia de diferencias sino más bien el compromiso de ventilarlas de manera civilizada y pacífica. Ello hace necesario el cultivo de las sensibilidades necesarias para habitar en la paz.
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