
Con la elección de Gustavo Petro como nuevo presidente de Colombia, se da fin a un periodo de la historia que nos marcó durante los últimos 20 años: la era Uribe. Eso significa que el domingo pasado no solo se derrotó al uribismo sino que se acabó con un orden, con una manera de pensar y de concebir los desafíos del país que duró vigente demasiado tiempo.
Eso es lo que debe entender Gustavo Petro, el nuevo presidente electo, cuando vaya a dialogar con Uribe. Que el expresidente representa el pasado y que es él, Petro, quien tiene las llaves para abrir las puertas de una nueva época que esperamos sea más democrática, más inclusiva y sobre todo menos tirana.
A Uribe hay que reconocerle que le dio a la derecha un sex-appeal que no tenía. La llenó de lemas que manipulaban la emoción y que despertaron odios y miedos dormidos. Su narrativa cautivó y fue la base para que se asentara el gobierno de las mayorías, que pregonaba el Estado de opinión. En lugar de la “amenaza comunista”, que ya no daba miedo, se inventó una más real: “La amenaza castrochavista”, una fábula que la derecha internacional ha utilizado desde Chile hasta Estados Unidos. Para maquillar sus debilidades, decretó que en Colombia no había un conflicto sino una guerra que las Farc le habían declarado a un Estado impoluto y respetuoso de las instituciones y de los derechos humanos. Es decir, Uribe nos impuso la mentira de que en Colombia la guerra fue solo con las Farc, que los narcos paramilitares son un invento, que estos no se aliaron con el Ejército, ni fueron financiados por empresarios. Si no fuera porque corrió tanta sangre, su negacionismo daría hasta risa por lo ramplón. Cuando se supo que ese Estado que tanto defendía había permitido los falsos positivos, es decir, el asesinato de miles de civiles a manos del Ejército, salió a poner en tela de juicio la idoneidad moral de los civiles asesinados antes que condenar tan atroz práctica. Así fue su derecha, llena de mentiras, de falsas verdades, de estigmatizaciones.
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