
Para ningún papá y hermano en el mundo puede ser fácil pedirle a la Fiscalía que adelante las investigaciones necesarias para determinar si sus familiares son o no unos delincuentes. El comunicado firmado por el presidente Petro el pasado jueves en donde pide esclarecer las posibles responsabilidades penales de su hermano, Juan Fernando Petro Urrego, y su hijo, Nicolás Petro Burgos, han tenido que ser las palabras más difíciles escritas por el presidente. El problema es que los escándalos que rodean al hermano y al hijo del mandatario, y la posibilidad de que hayan recibido dineros oscuros, no serán solo un momento complejo en la vida personal de Gustavo Petro; terminarán marcando el inicio de otra horrible noche en la historia de Colombia.
Hace tan solo unos meses, un sector amplio del país celebraba la llegada del primer Gobierno de izquierda: la posibilidad, por fin, del tan anhelado cambio, los nadie y los excluidos en el poder. Esta semana, cuando ni siquiera ha pasado un año desde la posesión de Gustavo Petro, los colombianos seducidos por los discursos contra el establecimiento, la corrupción, las mafias, los clanes y la política tradicional se despertaron del hechizo y se estrellaron con la misma historia de antes: el poder cooptado por la mafia y los mismos de siempre, embriagado de codicia y vanidad, volvió a secuestrar a Colombia, o más bien, nunca la soltó.
Lo revelado por la prensa sobre el dinero presuntamente entregado a Nicolás Petro Burgos por el excongresista y narcotraficante Samuel Santander Lopesierra, conocido como “el Hombre Marlboro”, y el cuestionado Alfonso ‘el Turco’ Hilsaca, investigado por concierto para delinquir y homicidio, no se puede reducir a una dolorosa traición de un hijo a su padre. El perfil de Petro Burgos; sus influencias en la campaña; las reuniones, según los chats revelados por Semana, con la ministra del Deporte, la directora del Departamento de Prosperidad Social, el papá de la ministra de Minas, la ministra de Salud, el ministro de Educación y el director administrativo de la presidencia, Mauricio Lizcano; y los supuestos cupos entregados por el ministro del Interior, Alfonso Prada, demuestran que la influencia e injerencia que ha tenido el hijo del presidente en el gobierno de su padre es innegable y además, que es casi imposible que el presidente Petro no supiera.
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