
Cuando se observa la historia de las exportaciones agrícolas de Colombia la lección es contundente. Las bonanzas del añil, de la quina, del tabaco, del caucho, de la marihuana, y ahora de la coca, todas han sido o serán pasajeras. Las exportaciones agrícolas tienen como característica que muchos países productores pueden participar reduciendo al mínimo los márgenes del negocio. Los productores también enfrentan poderosas multinacionales comercializadoras que actúan como oligopsonios que le impiden al productor escalar por la cadena de valor.
Escapar a la maldición de los productos básicos nunca ha sido fácil. Pero se puede. Eso es lo que ha logrado la Federación Nacional de Cafeteros (FNC) para los caficultores de Colombia desde su creación en 1927. La Organización ha demostrado, una y otra vez, su capacidad de transformar estructuralmente la economía del café.
A comienzos de este siglo los precios alcanzaron los niveles más bajos en términos reales en cien años. La producción se redujo a siete millones de sacos y se acrecentó la pobreza de las familias cafeteras. A partir de allí se diseñó un programa de transformación que ha creado una caficultura con una capacidad de producir 14 millones de sacos, tiene más de 500 tiendas Juan Valdez por el mundo, y es líder en cafés sostenibles y especiales. Hoy la mitad del volumen exportado sale con alguna modalidad de procesamiento industrial o valor agregado. Los orígenes regionales y locales del grano colombiano ya son premiados internacionalmente y reciben primas astronómicas en las subastas.
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