
A mediodía del 11 de marzo del 2020, Xiomara Cardona escuchó las últimas palabras de su hija: “Ma, yo ya vengo, no me demoro”. Parecía el inicio de una tarde normal en el municipio de Ciudad Bolívar, a pesar de las preocupantes y confusas noticias que llegaban distorsionadas al Suroeste antioqueño sobre lo que parecía la inminente llegada de un extraño virus originado en China que arrasaba con Europa. Pero no pasaron más de dos horas desde que Isabella Cardona Guerra, de apenas catorce años, saliera de su casa para que esa tarde se quedara incrustada para siempre en la memoria de su madre.
Eran alrededor de las tres de la tarde cuando Xiomara contestó la peor llamada de su vida, esa que siempre nos está mirando a las madres de reojo y que diariamente todas estamos tratando incansablemente de esquivar. Esa misma que daríamos nuestra propia vida por nunca recibir:
“Me llamaron al celular de un amigo con el que estaba. A él le preguntaron por mí y era una enfermera que me dijo que sí podía bajar urgente al hospital. Yo llegué al hospital y me dijeron que la niña había llegado con un impacto de bala. Yo le pregunté: pero ¿cómo así que con un impacto de bala si mi niña no es una delincuente? El médico me contestó: ‘ah, mamá, no sé, pero la niña llegó acá con un impacto de bala, la operamos, pero la niña no resistió”.
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