
En el mundo de la comida hay un dicho sabio: si quieres disfrutar de la salchicha es mejor que no preguntes cómo se hizo. En el proceso legislativo es precisamente lo contrario. Si quieres disfrutar de los beneficios de una ley, tan importante es el proceso de su fabricación como el resultado final.
La Constitución y las leyes establecen unos procesos y unos requisitos para garantizar que las leyes que se aprueben sean idóneas y legítimas. Los requisitos reglamentarios y legales del debate legislativo no se inventaron como un ritual. Tienen una lógica que parte de que no todas las leyes son iguales. Si hasta en el cielo hay jerarquías, tiene que haberlas también en el mundo de las leyes.
La lógica es en el fondo sencilla: entre mayor impacto tenga una ley en las instituciones y en los derechos de los ciudadanos, más concienzuda y seriamente debe ser considerada por los legisladores. De allí que las leyes tengan rango. No es lo mismo una ley de etiquetado de alimentos que la creación de la Jurisdicción Especial para la Paz. No es lo mismo una ley de honores al mondongo que un proyecto de ley que transforma el sistema que protege el derecho fundamental a la salud.
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