
Colombia es un país hiperpresidencialista en donde el excesivo poder del ejecutivo se parece más a un trono. Lo anterior quedó en evidencia esta semana, cuando el presidente Petro, sin vergüenza alguna, verbalizó lo que la mayoría de los presidentes desde la creación de la Fiscalía General de la Nación pensaban, eso sí, sin confesarlo: “El fiscal olvida una cosa: yo soy el jefe de Estado, por tanto, el jefe de él”. Porque lo cierto es que nuestra vida republicana ha estado marcada por presidentes que han actuado en realidad como verdaderos monarcas, y aunque la Constitución de 1991 trató, sin mucho éxito, de controlar el desbordado poder presidencial instaurado por el mismo Simón Bolívar, el cambio fue solo cosmético, pues en la práctica el presidente controla la rama legislativa a través de mermelada, anulando la verdadera vocación de los partidos políticos y del Congreso, que elige a su vez a los órganos de control y a los magistrados de las altas cortes que escogen al fiscal.
Lo sorprendente esta vez fue escucharlo de la propia voz del presidente de la república. Para muchos oportunistas, —que no les pareció escandaloso cuando Iván Duque nombró a fiscal, procurador, contralor y magistrados de bolsillo— porque ahora sí podían gritar “Petro dictador”; para otros cándidos, que votaron por un cambio, porque se dieron cuenta de que, una vez en el poder, su presidente se convirtió en más de lo mismo. Pero incluso antes de estas desafortunadas —pero sinceras— declaraciones ya el presidente Petro venía demostrando su verdadera vocación y talante. Y de pronto lo más revelador fue cuando esta misma semana le confesó a La W radio a quién consideraría como el heredero de su trono: “El alcalde de Medellín hoy es alcalde y no puede estar en eso, pero podría salir, a lo mejor impacta en la población fuera de Medellín”.
Y es que solo el hecho de que el presidente Petro considere a Daniel Quintero como el ungido para reinar después de su mandato es extremadamente revelador. Veamos por qué:
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