
Hay fenómenos a los que la costumbre le asigna el nombre equivocado. Uno de estos es la “crisis ministerial”. El cambio de equipo ministerial es algo tan frecuente en la vida de las democracias que no debería asignársele el atributo de crisis. Sin embargo, los cambios de gabinete no son cualquier cosa para un gobierno. Están llenos de contenidos políticos, señales, ambiciones, giros, reafirmaciones y oscuras maquinaciones.
Por eso es necesaria la “gabinetología”, que es el arte popular de tratar de descifrar las intenciones de los cambios en las diferentes carteras y sus posibles consecuencias. Esa labor se había venido un poco a menos en las últimas décadas porque hacía rato que no ocurría la remoción general de buena parte de un gabinete. Los presidentes recientes han preferido cambios graduales, parciales e incluso individuales que no tienen las dimensiones para calificar de crisis ministerial. Ahora, gracias al presidente Petro, la gabinetología vuelve a estar vigente.
El origen de la crisis ministerial que se vivió la semana pasada tiene elementos que la asimilan a aquellas que se dan con regularidad en los regímenes parlamentarios. En esos casos el jefe del gobierno se encuentra contra la pared porque carece de mayorías en el legislativo y su agenda queda bloqueada. Así ocurrió con la reforma a la salud y posiblemente hubiera ocurrido lo mismo con las demás.
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