
La única ocasión en la que mi mamá tuvo que ir a mi colegio por mi conducta fue cuando me gritaron en coro “negra hijueputa” y les respondí que yo era una negra hijueputa y ellos una manada de brutos, tenía 12 años y acababa de llegar a Cali, primera vez que vivía por fuera de mi natal Chocó. La profesora Piedad le dijo a mi mamá que el problema era mi mal genio. Era desconfiada, miraba de reojo y con el mentón arriba, así me volví desde niña, cuando peleaba en mi barrio porque me gritaban “paisa mingalá come carne sin lavá”. Una piel demasiado clara entre mis compañeros y vecinos de Quibdó, evidentemente negra entre mis compañeros de Cali.
Mi predisposición venía, también, de cuenta de las muchas historias de racismo y discriminación que cargaban los miembros de mi familia que habían llegado a Cali años antes que mi mamá y yo.
Cuando leí los trinos de la profesora Sandra Borda a propósito del viaje de la vicepresidenta Francia Márquez a África y de la respuesta que ella le dio a un periodista que intentó preguntarle sobre una polémica creada por el medio de comunicación al que este pertenece, recordé a la Velia de mentón arriba, y a la profesora Piedad, para quien el problema era yo, mis actitudes y no los actos de racismo de los que fui víctima.
Varias personas han intentado explicarle a Borda los múltiples problemas que hay en sus publicaciones, y ella se justifica una y otra vez, profundizando el racismo de lo que dice.
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