
Estoy seguro de que todos hemos tenido algún momento en el que queremos mandar a uno de los círculos del infierno imaginados por Dante Alighieri a las máquinas y programas que ahora llevan la burocracia de las empresas públicas y privadas: los call center y las líneas de atención al cliente con los que debemos lidiar todos los días.
Antes, al menos, la ineficacia era humana y el problema era lidiar con la persona detrás de la ventanilla que hacía más difícil cualquier trámite. La ineptitud tenía un rostro y detrás de ese rostro estaba la víctima de un sistema diseñado para hacer más largo y difícil cualquier camino. Igual pasaba con las líneas telefónicas donde había una voz humana, llena de los matices que puede tener una voz humana que refleja un carácter y una sensibilidad. Igual había negligencia, pero la discusión era humana. La película La gente de la universal, de Felipe Aljure, caricaturiza muy bien aquello cuando las dos señoras españolas deben retirar el dinero de Gastón (quien está preso) y deben pasar por todas las oficinas y dependencias en las que nadie resuelve y, por el contrario, complican y ponen más trabas con la frase “Por eso le digo”. Desde entonces, cada vez que algún funcionario me dice “Por eso le digo”, no me queda más remedio que recordar aquella película y reírme del sistema, de mí mismo, del funcionario que debe atender centenares de personas malhumoradas.
Alguna vez un portero de una editorial no me dejó subir a la oficina de pagaduría donde debía cobrar un cheque por unas evaluaciones editoriales porque me negaba a dejarle la cédula en recepción.
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