
El ministro designado de Hacienda, en reemplazo de Ricardo Bonilla, tiene una serie de retos de inmensa importancia. La salud de la economía colombiana dependerá de cómo los sortea.
El primero de ellos tiene que ver con la inflación y la estabilidad macroeconómica. Por las noticias que se tienen no será fácil la coordinación entre el nuevo ministro y la junta directiva del Banco de la República, puesto que, según informa Salomón Kalmanovitz, “es seguidor de la Teoría Monetaria Moderna (TMM), que es una corriente esotérica de pensamiento que sostiene que los Estados que emiten su propia moneda no tienen restricciones presupuestarias. Igualmente, considera que los déficits públicos son permisibles y no deben alarmar por sus efectos inflacionarios”.
El segundo desafío del nuevo ministro, que a diferencia del anterior si cae dentro del ámbito de sus competencias, consiste en controlar la caótica situación en que se encuentran las finanzas públicas y la caja del gobierno central.
Con la extraña teoría de que era necesario generar “un coma fiscal inducido” para cumplir con la regla fiscal, el anterior ministro inventó la teoría de que era necesario cerrar todos los grifos de liquidez de las entidades públicas para, de esta manera, inducir una subejecución monumental del presupuesto y cumplir así con los postulados de la regla fiscal.
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