
El fútbol se ha convertido en un duelo de billeteras en donde el poderío, al mejor estilo del fútbol colombiano de la década de los 80, se mide por los títulos y por la cantidad de jugadores de calidad que se les endosen a los clubes. Marcan la parada equipos cuyos dueños son mundialmente conocidos por no ejercer las prácticas más ortodoxas en sus negocios.
Los clubes pertenecientes a estados petroleros, algunos de estos tristemente célebres por violaciones de derechos humanos, han empezado a acaparar los trofeos. Tanto así, que incluso el Real Madrid, el club que históricamente ha sido la representación del capitalismo en el fútbol, se ha visto amenazado por estos nuevos ricos.
Dada la primacía del dinero en el fútbol moderno, hace poco caí en cuenta de que llevo años buscando validaciones para hacerme creer que el fútbol, el profesional particularmente, no es esta danza de los millones ni este duelo de poderíos; sino ese deporte que bien puede ser un fenómeno social en el cual, todavía, la igualdad se ve representada en un 11 contra 11.
Quizá pueda parecer algo enfermizo, pero ahora que veo esta práctica involuntaria, confieso que he buscado que la ficción -particularmente la literatura y ese subgénero literario que es el cuento de fútbol- sea quien se adapte a la realidad. He querido ver a este deporte como aquello que ya no es, pero que todos quisiéramos que fuera: un juego de barrio.
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