
Michelle O’Neill, la nueva ministra principal del Ejecutivo Autónomo de Irlanda del Norte, jamás levantó un arma contra alguien. Michelle, hija de un prisionero político, se reivindica como republicana, nacionalista y católica. Pertenece al Sinn Féin, el ala política del Ejército Republicano Irlandés (IRA, por su sigla en inglés), la organización armada que libró durante años una guerra de guerrillas contra la Corona británica. Para entender las aristas de este conflicto recomiendo leer No digas nada de Patrick Radden y visionar El viento que agitó la cebada, el filme de Ken Loach que en 2006 se alzó con la Palma de Oro en Cannes.
Sergio Jaramillo —alto comisionado de paz durante las negociaciones con las Farc-EP en La Habana— en una reciente entrevista al diario El Tiempo devaluó el papel de Naciones Unidas, amén de comparar la eficacia del Acuerdo de Viernes Santo en Irlanda del Norte, con la improvisada y mezquina implementación de lo acordado por el gobierno de Juan Manuel Santos con la guerrilla que fundó Manuel Marulanda Vélez. El Acuerdo de La Habana se volvió papel mojado. Lo único que quedó funcionando fue la Jurisdicción Especial de Paz, instancia que nada tiene que ver con la transformación territorial que se pactó con los rebeldes.
En Irlanda del Norte, luego del Acuerdo de Viernes Santo, las diferencias entre republicanos y unionistas se tramitan sin asesinatos y bombas. En Colombia, Sergio, esto no ha ocurrido. La atomización territorial de la violencia y el asesinato de cientos de firmantes de paz, no es un invento del presidente Gustavo Petro, sino el resultado de un proceso de paz mandado al garete. Basta con ir hasta un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR), verbigracia Caño Indio en el Catatumbo, para apreciar la decadencia física y moral del medio centenar de firmantes de paz, cuyas ilusiones, como en la novela de Balzac, se perdieron.
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