
El domingo pasado la película La zona de interés se ganó el premio Oscar a la mejor película extranjera. La película, en la que no pasa mucho pero que ocurre en un mundo en el que está pasando lo inimaginable e indescriptible, muestra una cara distinta del holocausto: la de la cotidianidad de uno de sus perpetradores y su familia. A lo largo este largometraje, en el que su director Jonathan Glazer hace una adaptación a su manera de un libro de Martin Amis que lleva el mismo nombre, se presenta el día a día de la familia de un comandante nazi que vive al lado de uno de los sitios de exterminio más aterradores en la historia de la humanidad: el campo de concentración de Auschwitz.
A pesar de la existencia del campo, que Glazer nos recuerda tenuemente a través del magnífico sonido de la película, así como por ciertas imágenes que aparecen a lo largo de la misma, la familia del comandante, que incluye a su esposa y a sus hijos, es absolutamente ajena e indiferente al horror y a la atrocidad que tienen de vecinos. Viven en un mundo paralelo y feliz, en una casa grande, con un lindo jardín, en donde disfrutan de su vida en familia y con abundancia. Por el contrario, al otro lado del muro de esa casa, aunque la cámara de Glazer no nos lo muestre explícitamente, el ser humano está siendo degradado y sometido a los niveles más altos de humillación, crueldad y sufrimiento.
Antes de ver la película, alguien que la vio y me la recomendó me dijo: “el otro día me vi Poor Things (Pobres criaturas, por como fue traducida en Colombia), y aunque me gustó, me pareció una película sórdida, aturdidora y retorcida. Hoy me vi La zona de interés y es mucho más aterradora, el ser humano definitivamente está podrido”. Y sí. La indiferencia, la normalidad, la calma y la felicidad de esa familia que se encontraba en la puerta de uno de los campos de concentración más atroces resulta mucho más escalofriante que un monstruo que surge de poner el cerebro de una hija en el cuerpo de su madre, como ocurre en Pobres criaturas.
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