
Cese de hostilidades contra la población, en agenda agraria y ambiental de paz
Escribir con dolor no es fácil. Y menos, cuando retumban las voces de quienes en los territorios están desesperados por la amenaza de grupos armados y de ser “reemplazados” por organizaciones de papel, maduradas como el aguacate.
Perder la autonomía, la posibilidad de gestionar, decidir, deliberar, rechazar o acordar, no es un mal menor. Para muchas organizaciones han sido décadas de trabajo, de esfuerzos, luchas, presiones, amenazas y pérdidas irreparables.
No es un mal menor que las agencias públicas no estén pudiendo entrar en territorios donde la gente está llamando a gritos la presencia del Estado. No es desdeñable que las ayudas humanitarias o los programas de atención en derechos básicos como la tierra, el desarrollo rural, el uso del bosque, el acceso y manejo de la biodiversidad, no estén pudiendo llegar por decisiones asociadas a la guerra de cada grupo armado, que se reivindica con acción política.
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