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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Hace cuatro años

Algunas veces he pensado que el tiempo de mi vida se mide por cuatrienios. Creo que lo supe desde muy niño porque los eventos que se fijaban en mi memoria, los referentes, eran los eventos que ocurrían cada cuatro años: los mundiales, las elecciones presidenciales en Colombia y Estados Unidos, los juegos olímpicos, incluso, los años bisiestos.

Cuando debo buscar en mis recuerdos algún dato, la memoria tiene como estrategia ubicar alguno de los eventos mencionados. Es como si fuera un veloz algoritmo natural que ubica el mundial de España 82 con las elecciones presidenciales que ganó Belisario Betancur y el rostro de Luis Carlos Galán en el trazo de Carlos Duque e inmediatamente me sitúa en el colegio, el salón de clase, los Cuentos del amanecer de Hernando García Mejía y lo que ocurrió en mi vida familiar o personal en ese momento. Por ejemplo, la imagen de Maradona levantando la copa mundo en México 86 la asocio enseguida con la victoria de Virgilio Barco sobre Álvaro Gómez, la muerte repentina de mi Tía “Chita Lola” que había sido una segunda madre para mí y por alguna razón esas imágenes regresan con Say you, Say me de Lionel Ritchie de música de fondo. Y son innumerables los ejemplos de recuerdos que son fáciles de ubicar gracias a la medida de los cuatrienios y así cada año de mi vida encaja, en el Excel del cerebro y del corazón en algún cuatrienio. El primer periodo de Bill Clinton coincidió con mis primeros años universitarios y al igual de que un bello noviazgo con una cine clubista lo recuerdo a la par de los juegos olímpicos de Barcelona.
Pero ¿por qué hoy estoy recordando la importancia de esta medida arbitraria del tiempo en mi vida? Porque hace cuatro años, a mediados de marzo de 2020 yo estaba en los Estados Unidos con mis amigos Fernando y Nieves visitando, y al final, viendo por última vez, al poeta Charles Simic en su casa al lado del laguito en New Hampshire. Posteriormente fuimos a visitar las tumbas de Longfellow, Amy Lowell en Cambridge y de la gran Elizabeth Bishop en el cementerio de Worcester en Massachusetts donde hice el ritual de leer mi poema favorito de ella en señal de gratitud. La poeta nos había enseñado a muchos el “arte de perder”: “Es evidente /que el arte de perder no es demasiado difícil de dominar / aunque pueda parecer (¡Escríbelo!) como un desastre”. Ese viaje terminó con la visita el 11 de marzo en la tarde a la casa amarilla y también la tumba de Emily Dickinson en Amherst.

Por esos días, hace cuatro años, el mundo estaba comenzando a experimentar un estado de alerta por una posible emergencia de salud. Los casos de coronavirus aumentaban a grandes velocidades y no había una política clara de los gobiernos para contrarrestar el contagio. El asunto es que, tal y como lo tenía previsto regresé a Bogotá un par de días después y salí del aeropuerto JFK de Nueva York que sin saberlo nadie, era por esos días el nuevo epicentro del virus en el mundo. Regresé, me confiné y rápidamente me adapté a las plataformas de clases virtuales. Todo era desconocido y nos llenamos de miedo de repente. Hace cuatro años nos íbamos al confinamiento y empezaba una nueva forma de vivir y pensar la vida para todos.

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