
Las naciones siempre están y han estado en competencia. Desde los tiempos más remotos la rivalidad entre tribus, comunidades y países ha sido la característica principal de la interacción entre los conglomerados humanos. La diplomacia, las organizaciones multilaterales y el derecho internacional han tratado de organizar, moderar, encauzar y regular -incluso camuflar- la ferocidad inevitable de la lucha entre Estados.
Esa rivalidad se da en todos los campos. Las economías compiten por los mercados de bienes y servicios. También compiten los países por atraer la inversión externa y por el acceso al mercado de capitales. Compiten por la innovación y las tecnologías, también por el poderío militar, por territorio y por prestigio.
Además de estos evidentes escenarios de confrontación y rivalidad, los Estados compiten ferozmente en una dimensión que es menos evidente, menos explícita, más sutil e inaprensible. Sin embargo, se trata de una dimensión que determina en gran medida el éxito de todas las demás. Me refiero a la dimensión de la credibilidad.
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