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León Valencia
Puntos de vista

Le tengo miedo a los temblores, mucho miedo

Este lunes fue un día triste, tristísimo. Muy temprano empezaron a llegar las noticias del terremoto, muy pronto supimos que los muertos pasaban de cien y los heridos también y las vivienda averiadas y destruidas se contaban por miles y en esa cuenta estaban muchos colegios y vías y aeropuertos. Muy pronto vimos el rostro de niños atrapados en los escombros.

Supimos rápidamente lo que ocurría en Cali, Pereira, Armenia, Manizales, pero sabíamos muy poco de lo que pasaba en el Chocó, donde estuvo el epicentro del terremoto; o en Buenaventura, corazón del Pacífico; no podíamos saberlo, porque sus comunicaciones colapsaron, porque están muy lejos de Bogotá, porque son lugares abandonados y pobres.

Así es en estas tragedias, así pasa siempre en los inesperados momentos en que la naturaleza reacciona, en que la Tierra tiembla o un volcán erupciona, o se desata una inundación o sobreviene un derrumbe, o, simplemente, se produce un incendio: los pobres llevan la peor parte.

Estas tragedias lo sacuden a uno, tanto si lo tocan personalmente o golpean a su familia, como si afectan a la humanidad más cercana, a sus amigos y vecinos, a sus connacionales; pero ya hemos visto que también duelen los lejanos. Dolió lo que ocurrió en Venezuela recientemente y duele siempre lo que ocurre en el otro lado del mundo, en Japón, por ejemplo, donde tantas veces tiembla.

Y uno quiere llamar la atención de este Gobierno que apenas comienza para que se ocupe especialmente de los lugares más pobres en las ciudades del terremoto, que muestre en este primer reto la disposición y la diligencia para atender la desgracia de miles de familias que sufrieron la pérdida de un ser querido o se vieron abocadas a perder sus viviendas y sus enseres. Los del Chocó de manera especial.

Le tengo mucho miedo a los terremotos y por eso me abrumo tanto con las noticias que producen. Me di cuenta de eso hace pocos años. Iba hacia Santiago de Chile y, en el avión, una pareja de españoles hablaba de la grave recurrencia de los temblores en Chile. Me asuste bastante con la posibilidad de que tal suceso ocurriera en mi estadía.

Le puse esa conversación al taxista que me condujo al centro de Santiago y él, de manera natural, me fue diciendo que era muy probable que un temblor pequeño o grande me sorprendiera en algún lugar de Chile. “Debe guardar la calma —me dijo—, y tiene que ponerse inmediatamente al lado de un chileno y seguirlo en lo que haga: si él se mueve usted se mueve con él, si se queda quieto usted permanece quieto. Los chilenos estamos preparados para los temblores”.

De Santiago me fui al centro y al sur de Chile a conocer la manera en que los mapuches estaban encarando la transición energética y también para saber lo que estaba haciendo el Gobierno de Chile en este campo. Quería ver si esas experiencias servían para empujar las comunidades energéticas en Colombia. Estuve diez días en esos lares y una noche recalé en Concepción y dormí en el piso 10 de un hotel. Estaba hecho polvo, después de una larga caminada en una zona montañosa y, aun así, sentí cuando empezó a temblar y salté de la cama con un susto de mil demonios.  

Eran las tres de la madrugada. EL viejo hotel se movía de un lado para otro, pero nadie corría por los pasillos, ni se oía una orden de evacuación y entonces me acorde del taxista y me senté en una silla muerto de miedo a esperar que los chilenos se movieran. Nadie lo hizo. Todo volvió a la calma. No obstante, permanecí sentado en el sillón cabeceando, sin atreverme a ir a la cama, aunque en el hotel todo estaba en completa paz.

En la mañana de este lunes sentí poco, sólo un poco, el sacudón del país, porque en el lugar de Bogotá donde vivo el movimiento fue leve, pero me acordé de aquel día en Chile y volví a sentir miedo, el miedo propio y el ajeno, la angustia que debieron sentir los miles y miles de colombianos que sufrieron este lunes la impiedad de la naturaleza y la poca preparación que tiene Colombia para estos eventos.

Sentí también, eso sí, la solidaridad. Vi las imágenes de cientos de personas moviendo escombros para encontrar a las víctimas o proporcionando ayuda para evacuar heridos y rescatar las pertenencias de los afectados. Eso reconforta. También me alegraron la vida los mensajes de los amigos del exterior y de otras partes de Colombia preguntando por mi suerte, la de mi familia y la de mis compañeros en la Fundación Pares, que afortunadamente no fueron golpeados por el terremoto. 

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