
Uno siempre se entusiasma por la paz. Nadie que haya sentido la guerra, nadie que haya visto de cerca su manera de podrirlo todo, podría oponerse a un intento de reconciliación. Lo sé por experiencia. Por eso comprendo la apuesta del Gobierno Petro por la llamada Paz Total: no hay camino más noble que intentarlo una y otra vez. Pero también sé que los entusiasmos pueden volverse espejismos si no se sabe bien con quién se habla ni qué se está negociando.
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Eso lo advertimos en nuestro libro ¿Plomo es lo que viene?, porque el Gobierno, con un diagnóstico acertado —la paz parcial tenía el inconveniente del rearme—, trató de hacer un proceso con todos los grupos al mismo tiempo y en todas partes. Fue un modelo más entusiasta que realista, que terminó estrellándose con la realidad colombiana: la de una guerra que sigue viva en las regiones.
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