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Juan David Correa

Diciembre en París

El recorrido entre el aeropuerto Charles de Gaulle y el distrito número 13 duró una hora y media. Éramos cinco. En la van se sentía un clima tibio. El susurro de la radio, casi inaudible, arrullaba esa madrugada de escarcha, a las ocho pasadas de la mañana. Uno escucha distinto cuando es adolescente y lleva doce horas metido en un avión que apesta a cigarrillo. Los adultos hablan y uno piensa en otra cosa. En teñirse el pelo. En comprar cedés, porque aún había cedés. O en cómo iba a cambiar la vida, en mi caso, porque apenas unas semanas más tarde iba a entrar a la universidad. 

El hombre tendría unos treinta años. La hermana de mi padrastro, una documentalista que llevaba ya una década en París, había arreglado la recogida. Había mencionado que era alguien muy especial, colombiano, que se había especializado en transporte y que, como éramos cinco, ningún taxi nos llevaría juntos: en su camioneta cabríamos perfecto. 

Seguramente el hombre y mi padrastro hablaron en la parte delantera mientras atrás, mis hermanos, mi madre y yo veíamos pasar edificios de multifamiliares y las bardas verdes de contención del periférico. Una hora y media después descargamos nuestras maletas en una calle cercana a la plaza de Italia donde habíamos alquilado un apartamento por unas semanas. El hombre se despidió sonriente; sonriente porque las pocas veces que lo volví a ver pude ver sus incisivos algo pronunciados: corpulento, de estatura media, barba en forma de candado, gorro de lana, chaqueta gruesa, abrigo; joven, muy joven aún, pero ya mayor para mis dieciocho años. El hombre se subió al carro y la camioneta se perdió por las callejuelas de esa ciudad a la que él había llegado sin quererlo. 

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