
Recientemente, en dos parroquias distintas, vi cómo dos sacerdotes convertían el altar en un escenario de agravios innecesarios, supersticiones y amenazas morales que dejaron a buena parte de los fieles entre el desconcierto, la incomodidad y el silencio. Uno, airado, advirtió como prólogo a su discurso: “soy furioso porque soy franciscano” y llegó a calificar como acto de brujería el uso de velas de adviento de distintos colores. En esa misma homilía, se refirió a las personas mayores —que constituían cerca del 80 por ciento de los asistentes— de estar a un paso de convertirse en “viejos chismosos y malvados”. El otro, más joven —en otra parroquia— adjudicó condiciones diabólicas al simple hecho de participar en un juego de cartas. Todo, en tono categórico, sin matices, sin contexto, sin prudencia. Para muchos, fue chocante. Para otros —como yo— directamente ofensivo y desilusionante.
No escribo esto desde el anticlericalismo ni desde una distancia existencial frente a la religión. Todo lo contrario. Mi formación escolar estuvo marcada por sacerdotes asuncionistas que sembraron en varias generaciones de estudiantes pensamiento, disciplina, sensibilidad social, ética y sentido crítico. Curas que hablaban con autoridad moral e intelectual, no desde la superioridad sin fundamento, sino desde el ejemplo y con la reflexión como pre-requisito de sus palabras públicas. Estos sacerdotes belgas, fundadores del colegio Emmanuel D´alzón, nos hablaron desde niños sobre todos los temas, sin ocultar nada, sin omisiones, de frente a la realidad. Por el contrario, con ellos, por ejemplo, estudiamos a Marx; eso sí —y por fortuna—en otro contexto totalmente diferente a como lo hizo el presidente Petro en París. En las clases y en el templo, esos sacerdotes hablaron con afecto y respeto, sin renunciar a la firmeza y la franqueza para señalar alarmas, cuando era necesario. Por eso, lo que escuché estas semanas no me resultó solo incómodo como feligrés ocasional, sino inquietante como observador de los procesos de comunicación, de la experiencia del usuario y del vínculo entre las instituciones y los ciudadanos.
Porque, nos guste o no, hoy la Iglesia —como cualquier organización que convoca personas, gestiona confianza y transmite mensajes— opera en un ecosistema de percepción abierto a todos. Tiene audiencias y públicos. Tiene una reputación que cuidar y, sin duda, enfrenta una crisis de credibilidad que ha sido objeto de precupación de los recientes papas. En ese contexto desafiante, la Iglesia, frente a sus fieles, tiene momentos determinantes. La homilía es uno de ellos: ese instante en el que el creyente decide, muchas veces sin saberlo, si se reconoce en ese lugar, si vuelve o no vuelve.
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