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Adriana Arjona
Puntos de vista

‘Service humans’

Cuando se es amante de los perros, de los animales en general, es difícil resistirse a sus encantos. Si un perro se me acerca moviendo la cola, si me pega un lengüetazo o si me regala una de esas miradas ‘derretidoras’, soy de las que cae redonda.

Sin embargo, últimamente he notado que los dueños de perros que uno se cruza en la calle no reciben muy bien que uno corresponda a las manifestaciones cariñosas de sus mascotas. De hecho, las evitan: algunos los alzan, fruncen el ceño o hacen cara de pocos amigos.

En su libro Dominance and affection, Yi-Fu Tuan explica que muchas personas tratan a sus perros como niños, proyectando en ellos emociones humanas y generando niveles de sobreprotección que antes estaban reservados para los hijos. En la vida urbana, especialmente, el perro se ha vuelto eso: un hijo más. Y como nadie quiere que un desconocido toque a su bebé en la calle, ahora ese mismo reflejo se trasladó a las mascotas.

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