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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El taller blanco

Fue en el ya mítico Encuentro Iberoamericano de Escritores: el amor y la palabra que se realizó en el año 2000 cuando conocí personalmente al poeta venezolano Eugenio Montejo. Ya lo venía leyendo desde unos años atrás sobre todo en la antología El alfabeto del mundo publicado en la colección Tierra Firme del Fondo de Cultura Económica. De igual forma lo había escuchado varias veces en algunas lecturas en la Casa de Poesía Silva y cuando fue jurado del Premio Internacional de Poesía José Asunción Silva a propósito del centenario de la muerte del autor de los Nocturnos. Pero fue en ese año 2000 cuando pude conversar por primera vez con él y tener, cual fan de un cantante de rock, su firma en algunos de mis ejemplares de su obra. Unos años después tuve la alegría de ser su anfitrión en el Ático del Cocodrilo del Gimnasio Moderno donde se realizó una inolvidable lectura de Montejo junto con el gran Giovanni Quessep moderada por Mario Jursich en el marco de un Festival El Malpensante. Allí, unos pocos asistentes, la mayoría poetas, nos reunimos alrededor de los dos autores como quienes se reúnen ante la voz de la tribu o del fuego inicial. A los pocos meses murió Montejo en Valencia a los sesenta y nueve años.

Desde aquellos años de deslumbramiento con la poesía de Eugenio Montejo comencé a tener como lectura transversal de mis cursos y talleres el conmovedor ensayo El taller blanco, en el que Montejo hace una hermosa analogía del aprendizaje de la poesía en la panadería de su padre mientras en las madrugadas se preparaban los panes de cada día al calor de los hornos. El taller blanco siempre ha sido un gran pretexto para iniciar una conversación sobre la poesía y ha permitido que muchos de los que se inician en la lectura y escritura de poesía pierdan ese temor inicial de creer o imaginar que la palabra poética es exclusiva para un selecto grupo de “iluminados”. Montejo lo desmiente y la pone al alcance de todos. Por ejemplo, al iniciarse la pandemia en el año 2020, el taller distrital de poesía que tuve la alegría de dirigir terminó bautizado por sus participantes como El taller blanco y todavía nos vemos y recordamos cómo nuestro Taller blanco nos salvó de la incertidumbre y el miedo en los meses más difíciles del confinamiento. Todavía sobrevive el grupo de WhatsApp con ese nombre donde nos actualizamos y compartimos eventos literarios y lecturas.

Montejo nos deja la poderosa metáfora del poeta como panadero y bajo una evocación íntima y llena de nostalgia nos ofrece una verdadera poética del trabajo silencioso, artesanal, nocturno y cuidadoso que define en gran parte la escritura literaria donde también se entrecruzan la memoria, la ética del trabajo, la humildad y la devoción por el hacer. Y en ese cruce se confirma una mirada del poeta no como un “iluminado” por los dioses, sino como un obrero del lenguaje que tiene como materia prima de su artesanía las palabras.

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