
En 2001, Colombia atravesaba una crisis profunda: la guerra se había desmadrado, o seguía su curso de reorganizaciones por cuenta de una continuidad de las violencias históricas del país. Las Farc se habían fortalecido, el proceso de paz del Caguán llegaba a su punto de inflexión, los paramilitares se habían convertido en una fuerza de más de treinta mil hombres, las masacres eran permanentes, la legitimidad del Estado hacía agua.
Álvaro Uribe había aparecido en el escenario nacional como exgobernador de Antioquia (1995-1997) que había legalizado las Convivir, asociaciones vecinales de seguridad privada, abrevadero de los paramilitares en muchos lugares del país. En 2001, la proyección de su candidatura era más bien nula. Se discutía entonces si Horacio Serpa, derrotado por Andrés Pastrana en 1998, tras los cuatro complejos años de Ernesto Samper en el poder, iba a suceder al hijo de Misael Pastrana.
Fabio Echeverri, Pedro Juan Moreno y otros empresarios e industriales comenzaron a ambientar la candidatura de Uribe. Poco a poco, su nombre se mencionaba como la mejor opción para recuperar un rumbo que para muchos, como oímos cada cuatro años, estaba perdido, como si no entendiéramos, por fin, que hemos tardado dos siglos en tratar de organizar una nación que ni siquiera imaginamos.
Álvaro Uribe comenzó a crecer en las encuestas con una idea que es parte del discurso de Colombia desde entonces: la seguridad democrática. Seguridad como sinónimo de monopolio de las armas. Poco a poco, aquello que ya estaba instalado en la mentalidad colombiana desde la doctrina de seguridad de los años sesenta, impulsada por Estados Unidos, se convertía en un credo: había que prometer una suerte de limpieza social que dejara sin bases sociales a las organizaciones armadas revolucionarias, como las Farc o el ELN. Las oenegés, los progresistas democráticos, los defensores de derechos humanos, los académicos, periodistas, campesinos, sindicalistas, mujeres, jóvenes, eran sospechosos de ser el correlato civil de las guerrillas.
Bajo esa promesa, y esa premisa, alguna gente se entusiasmó y comenzó a abrigar la esperanza de que llegara un hombre fuerte, antioqueño, frentero, que fuera capaz de plantársele duro a la chusma, a aquellos que no dejaban progresar al trabajador de a pie: Uribe comprendió que la batalla era por el relato y apeló al trabajo como símbolo de los colombianos honestos, religiosos, conservadores, adustos, que no podían realizar sus proyectos de vida a causa de ese enemigo de cinco cabezas, el basilisco, aquel animal mitológico que había imaginado como relato perfecto el jefe conservador Laureano Gómez, en plena hegemonía liberal: “Nuestro Basilisco camina con pies de confusión y de ingenuidad, con piernas de atropello y de violencia, con un inmenso estomago oligárquico; con un pecho de ira, con brazos masónicos y con una pequeña, diminuta cabeza comunista, pero que es la cabeza. Este es el resultado de una elaboración mental. Es la deducción que se hace de la consideración de los últimos hechos del país, con el cuidado con el que un químico en un laboratorio seguirá la trayectoria de las reacciones para sacar la conclusión; así tenemos que el fenómeno mayor que ha ocurrido en los últimos tiempos, el 9 de abril, fue un fenómeno típicamente comunista, pero ejecutado por el Basilisco. La cabeza pequeña e imperceptible, lo dispuso, y el cuerpo lo llevó a cabo para vergüenza nacional”.
El animal mitológico sigue vivo en las conciencias de un país que no se conoce lo suficiente, gobernado por la desconfianza y la idea de que cada quien debe proteger lo suyo, sin importar el bien común. Veintidós años después, o quince de terminado un gobierno que quebró la institucionalidad colombiana, promoviendo por fuera de términos una reelección, dándole una estocada al sistema de pesos y contrapesos de la justicia, Colombia debe caminar hacia ideas colectivas que nos convenzan de que la seguridad es, sobre todo, cuidado. Y que recuperar la seguridad quizás pasa por resignificar ese sentido de que se trata de ‘protegernos’ de algo que está ahí, que no sabemos qué es, pero que se encarna en el otro y en las otras que no piensan como yo, que amenazan mis privilegios o que quieren atentar contra mis valores.
Hace unos días, en una cafetería leí el siguiente aviso: “Por su seguridad, cuide sus asuntos personales”. Creo que todos sabemos que debemos cuidarnos, pero quizás debamos poner en práctica ese principio Ubuntu del soy porque somos, de que si nos cuidamos los unos a los otros produciremos, juntos, seguridad. La seguridad no es, por lo tanto, la promesa de un alguien que nos salvará de las policrisis globales, sino la toma de conciencia de que todas y todos tenemos un lugar hoy, en un momento de profundas transformaciones del país.
Hay seguridades personales, psicológicas, sociales, de salud pública, energéticas, alimentarias, laborales, entre otras. Todas ellas deben estar contempladas en un proyecto de país. Esas seguridades, que son en el fondo cuidado, son posibles, pero primero tienen que estar claras en las mentalidades de todas y todos. La promesa no puede seguir siendo aquella que ha hecho carrera en Colombia según la cual las armas, la protección, el miedo y la vigilancia nos ayudarán a vivir mejor. Es el tiempo de ayudarnos entre todos. De recuperar la seguridad de caminar sin miedo por las calles y los campos de un país que solo de esa manera podrá conseguir la convivencia y la paz. Es el tiempo de que las prácticas de gobernanza del feminismo, de las mujeres, que se pueden contar por millones en este país, y que han sido las verdaderas cuidadoras del territorio, estén en el centro del proyecto nacional. Quizás así dejaremos de pensar en monstruos, enemigos, jefes y coroneles, y creamos en que el futuro es una siembra.
De eso se trata. Ni más ni menos.
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