
Se suponía que era una “zona segura”, custodiada por la ONU. Se suponía que los refugiados que se habían trasladado allí estarían protegidos, a salvo de la limpieza étnica, del acoso y de la persecución de quienes querían ocupar sus territorios. Se suponía que en esa zona estarían alimentados y habría medicinas, pero los bloqueos impedían que entrara ayuda humanitaria. Se suponía que occidente no iba a dejar que esto ocurriera de nuevo. No fue así.
Bajo la mirada impasible del mundo, hubo un genocidio. Miles de hombres y niños musulmanes fueron asesinados a sangre fría, solo por el hecho de pertenecer a una religión y vivir en un territorio del que los querían echar. Y nadie dijo nada, a nadie le importó. Fueron enterrados en fosas comunes, frente al mundo entero. Nosotros vimos las imágenes de horror y escogimos mirar a otro lado. Vimos a las mujeres llorando frente a los cadáveres de sus niños, y cambiamos de canal para ver la telenovela de las ocho. ¿A alguien le suena familiar?
Esto que cuento ocurrió en Srebrenica, durante la guerra de los Balcanes, en julio de 1995, hace exactamente treinta años. Los nacionalistas serbios querían apoderarse del territorio que, según ellos, les pertenecía, y en el que habitaban mayoritariamente musulmanes bosnios. La guerra había comenzado tres años antes, y aunque se había probado la existencia de campos de concentración y se sabía del ataque sistemático a las comunidades musulmanas, Occidente se quedó cruzado de brazos.
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