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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Cuando arden las catedrales

Una vez más el fuego irrumpió sobre un lugar sagrado y esta vez la víctima fue la Mezquita-Catedral de Córdoba, destino de muchos peregrinos y visitantes diarios. Alguna vez fui allí a rendir gratitud ante la tumba del gran poeta español Luis de Góngora y Argote, una de las figuras tutelares del llamado Siglo de Oro de la literatura española y fundamental para comprender el destino de la lengua. No fue un incendio tan devastador como el de la Catedral de Notre Dame en 2019, pero sí lo suficiente para recordarnos que ningún monumento, por milenario que sea, está a salvo de la fugacidad.

En efecto, ardió la capilla de la Anunciación y otras áreas menores, en apenas 50 metros cuadrados de los 13.000 que abarca el templo. El fuego, según las primeras investigaciones, nació en un barredor eléctrico, lo que también nos recuerda que la chispa más inesperada y prosaica puede amenazar a un monumento que durante tantos siglos ha sobrevivido a guerras, terremotos, saqueos e invasiones.

Más allá de la trascendencia de la noticia y del parte oficial de los bomberos que actuaron de manera “impecable” –en palabras de las autoridades locales–, trato de mirar lo simbólico de ver arder una catedral en estos tiempos en los que pareciera, cada vez con mayor ahínco, que el mundo desvanece lo sagrado y, en cambio, edifica nuevos monumentos sobre lo efímero y superficial. En ese maravilloso libro que es El misterio de las catedrales, de Fulcanelli, se afirma que estos templos medievales son una suerte de libros de piedra, manuscritos cifrados donde se preservan saberes milenarios: el de la alquimia, la geometría sagrada y los símbolos universales. O sea que de alguna forma las catedrales son extensos poemas épicos en piedra que entre vitrales y gárgolas se esconden códigos y secretos que, por ejemplo, los masones, como herederos directos de los constructores, aprendieron a guardar y preservar.

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