
Hace poco asistí al Festival LEA (Literatura en Atenas), un hermoso evento que pone a conversar alrededor de los libros y la literatura a autores de Iberoamérica con destacados autores griegos. Fueron pocos e intensos días donde tendría algunas horas para conocer y hacer algo de turismo. Mi prioridad siempre será la de ir a visitar las tumbas de mis poetas y rendir un breve homenaje de gratitud por el camino que allanaron y la belleza que nos dejaron.
Ir a Atenas es una forma de regresar a un lugar de donde venimos y que nunca termina de abandonarnos. Uno cree que va a reconocer sus calles, las piedras del Partenón y ese azul imposible del cielo griego, pero en realidad lo que uno termina reconociendo son las propias emociones que fueron cantadas y narradas muy cerca de allí hace tantos siglos y que todavía definen la forma en que palpita nuestro corazón. Así que me escapé de la delegación de colegas y caminé algunos kilómetros hasta llegar a Primer Cementerio de Atenas donde, entre otros, descansan los poetas Giorgos Seferis y Odiseas Elytis, ambos ganadores del premio Nobel de literatura en 1963 y 1979, respectivamente.
No era una tarea fácil. A diferencia de otros cementerios, este tiene un mapa a la entrada, pero sin los nombres de figuras y personalidades que allí habitan. Llevaba en mi libreta de apuntes los posibles distritos donde estaban los poetas. Los había compartido en algún blog alguien más loco que yo por ese turismo lírico y necrológico. El verano ateniense tiene una luz despiadada. El sol cae sobre el mármol con una intensidad casi antigua, como si todavía perteneciera a los dioses. Las avenidas del cementerio parecían multiplicarse y volverse infinitas y las tumbas se sucedían unas tras otras mientras los nombres iban perdiendo familiaridad. Solo tenía claridad en el número del distrito en el que estaba cada uno (dos extremos de la necrópolis) y un par de fotos que daban pistas pero que no orientaban mucho. En esos casos siempre aparecen ‘ángeles guardianes’. Esa mañana se revelaba en forma de un obrero que hacía mantenimiento a un mausoleo y que sin saber español ni inglés entendió mi interés por encontrar a Seferis y Elytis y entre gestos y señales mencionando solo las palabras left y right facilitó un poco la búsqueda.
Hubo un instante en que pensé en renunciar a la búsqueda. El sol era inclemente y la pesquisa tenía todos los obstáculos. Después de todo, nadie me está obligando a esa tarea. Es la fiebre del coleccionista que sabe que los poemas ya estaban conmigo y que encontrar esas tumbas es la culminación de un peregrinaje. Quizás el misterio y la paciencia de encontrar un par de tumbas en Atenas se parecen al de leer un poema. Debemos estar atentos a aceptar los desvíos, las preguntas, las falsas pistas y de pronto asombrarse con otros hallazgos. Solo tropecé en esas calles calurosas con un par de hombres jóvenes que visitaban, oraban y arreglaban tumbas de sus cercanos.
Al final aparecieron, primero la de Elytis y luego la de Seferis, y fue la más bella recompensa que siempre me dan los poetas en los cementerios. Di gracias, leí poemas de cada uno, tomé la fotografía para el recuerdo y celebré en silencio esos encuentros. Recordé a Elytis con un par de poemas y con la siguiente reflexión cuando pronunció el discurso de recepción del Nobel en 1979: “Pero entonces, ¿qué sucede con la poesía? ¿Qué representa en una sociedad así? Mi respuesta es la siguiente: la poesía es el único ámbito donde el poder de los números resulta insignificante. Su decisión este año de honrar, en mi persona, la poesía de un pequeño país revela la relación de armonía que la vincula con el concepto de arte gratuito, el único que se opone hoy en día a la posición todopoderosa que ha adquirido la valoración cuantitativa de los valores”.
De igual forma hice con el gran Seferis y recordé: “Pertenezco a un pequeño país. Un promontorio rocoso en el Mediterráneo, que no se distingue salvo por el esfuerzo de su gente, el mar y la luz del sol. Es un país pequeño, pero su tradición es inmensa y se ha transmitido a través de los siglos sin interrupción. La lengua griega nunca ha dejado de hablarse. Ha experimentado los cambios propios de todos los seres vivos, pero nunca ha habido una pausa. Esta tradición se caracteriza por el amor a la humanidad; la justicia es su norma. En las tragedias clásicas, de estructura rigurosa, el hombre que se extralimita es castigado por las Erinias. Y esta norma de justicia se mantiene incluso en el ámbito de la naturaleza”.
Mientras leía esas palabras junto a sus tumbas comprendí que no habían perdido un solo gramo de vigencia. Al contrario, parecían haber sido escritas para estos días. Elytis nos recuerda que la poesía sigue siendo el último territorio donde los números no gobiernan, y Seferis, por su parte, nos devuelve la certeza de que una lengua, una tradición y un poema pueden atravesar los siglos cuando están sostenidos por la justicia y el amor a la humanidad.
Cada vez que visito una tumba de un poeta ratifico que no es allí donde termina una vida sino donde continúa una conversación. Encontrar esas tumbas y ver sus nombres sobre esas lápidas es una pequeña victoria contra el olvido. Que un colombiano se escape de un evento para buscar la tumba de un poeta a miles de kilómetros de casa es, como la poesía, un triunfo de la memoria y la palabra, mucho más en estos tiempos tan adversos a encontrar el verdadero significado de cada una de ellas. Y claro que también visité el Partenón y vi el mar Egeo. Tuve una lectura en Patras con Gioconda Belli y desde allí vi las montañas de Missolonghi donde murió lord Byron.
Mientras regresaba al hotel pensé que quizá ese había sido el verdadero sentido del viaje: comprobar, de alguna forma, que la poesía sigue tendiendo puentes entre los vivos y los muertos, entre un pequeño país del Mediterráneo y, en mi caso, con un rincón de los Andes o del Caribe.
Por eso vuelvo a Giorgos Seferis cuando nos recordó que “en nuestro mundo cada vez más pequeño, todos necesitamos a los demás. Debemos buscar al ser humano dondequiera que podamos encontrarlo. Cuando Edipo se topó con la Esfinge en su camino a Tebas, su respuesta a su enigma fue: ‘El hombre’. Esa simple palabra destruyó al monstruo. Tenemos muchos monstruos que destruir”.
Quizá esa sea hoy la misión más urgente de a poesía hoy: recordarnos que seguimos siendo humanos y que el verdadero peso de las palabras, la paciencia de la belleza y la confianza de que todavía es posible reconocernos en la voz de otro ser humano es lo que nos permite saber que podemos vencer a los monstruos del miedo, la violencia, la indiferencia y la incertidumbre.
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