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Jaime Honorio González
Puntos de vista

Resaca

Comienzo a sentir los síntomas del guayabo postmundialista; y eso que faltan tres semanas para la gran final. Hace apenas unos días, tenía 104 partidos de fútbol por delante, todos de casi 100 minutos, porque ahora duran eso, más o menos. Y, hoy, ya sólo me quedan 32, apenas 32, eso sí, los más importantes, los del drama, los de los tiempos extra, los de los penales, los de la eliminación ipso facto, los de las lágrimas, los del dolor de estómago, hasta que haya un solo país vencedor. Sufriré como un condenado cuando el inexorable destino decida que no será el mío. Qué le vamos a hacer.

Me meto de cabeza en ese rectángulo verde que ocupa toda la pantalla de mi nuevo televisor y me niego a ver algo diferente. No quiero mirar las desgarradoras imágenes sobre la tragedia de nuestros vecinos venezolanos, castigados de forma inmisericorde por la fuerza de la naturaleza, y vueltos a castigar por la codicia de sus gobernantes, que tienen a ese país sumido en la desgracia infinita, después de tantos años de robárselo sin misericordia; y ahora, a pesar de que tienen nuevo jefe, de seguir haciéndolo.

La presidenta de Venezuela dice que van menos de mil muertos, pero Naciones Unidas cree que hay cerca de 50 mil desaparecidos, producto del doblete sísmico (qué dolorosa ironía que así se llame técnicamente el fenómeno) que azotó ese país la tarde del pasado miércoles, a las cinco y cinco minutos, mientras yo veía Brasil – Escocia. Ni cuenta me di.

50 mil desaparecidos por cuenta de dos terremotos separados por apenas 39 segundos. 50 mil desaparecidos son dos veces las víctimas mortales de la avalancha que sepultó a Armero hace 40 años. 50 mil personas que no encuentran, que no se reportan, que podrían estar bajo las ruinas de los edificios que se cayeron en esos 39 interminables segundos. 50 mil hermanos venezolanos.

Y digo “hermanos venezolanos” no por decirlo. Es que somos los mismos, exactamente la misma vaina. Por ahí rueda un video de unos rescatistas que —después de varias horas de lucha— lograron sacar con vida a una mujer de debajo de las piedras. Y luego, se les ve —sonrientes— cantando una adaptación del más famoso villancico de esas tierras, Mi burrito sabanero, mientras la llevan a un puesto de avanzada para que le atiendan sus heridas.

“Tuqui tuqui tuqui tuqui, 
tuqui tuqui tuqui ta, 
aguanta mi lesionado 
que ya vamos a llegá”.

Se les oye realmente hermoso.

Pensé que así éramos sólo en Colombia, porque aquí sí que estamos entrenados en sonreírle a la desgracia. Los teóricos le llaman resiliencia. Qué  bonita palabra, aunque se haya quedado corta para todo lo que significa.

Me enviaron imágenes de un avión de Latam lleno de rescatistas con sus uniformes naranja y azul y de todos los colores, con todos esos artefactos que usan para salvar las vidas de quienes no conocen, venidos de varios países de Iberoamérica, que aterrizó como pudo en Valencia, Venezuela y quienes —a esta hora— están mordiendo el polvo mientras le roban seres humanos a la muerte.

Hay almas superiores, eso está más que claro.

Los bomberos de Mérida sacaron a un tipo de debajo de un edificio como pudieron, Residencias El Molino, en Caraballeda, subiendo la bomba, la primera cuadra a la derecha. Víctor Sardinha vivía allí y recitó los nombres de su familia que se quedó atrapada (bajo los escombros): “no por no escucharlos significa que no estén vivos”. Al final, aunque aparece acostado en una cama de hospital, igual el hombre se derrumba. Y yo con él.

Encontré un video de un niño recién rescatado de los escombros, que dice que sus papás viven en Suba Rincón. Estoy a diez minutos de ese barrio en el noroccidente de Bogotá. No sé qué más hacer que poner su nombre acá, Junior José Díaz Díaz, como de diez añitos, de pelo ensortijado, de ojos negros, de cara redonda, totalmente aterrado. Por Dios, ¿cuántos Junior José habrá allá en este momento?

En Venezuela apenas hay solidaridad. No hacen simulacros hace años, no tienen cámaras térmicas, perros entrenados, grúas ligeras, taladros neumáticos, no tienen nada, nada porque todo eso cuesta y la plata de uno de los países con mayores reservas de petróleo en el mundo se fue a los bolsillos de su dictador y sus cómplices, que siguen allí, amparados por el nuevo orden mundial, dizque para que haya una transición tranquila. ¡Ya qué! Ya hay 50 mil desaparecidos. Ni en años de guerra hubiese muerto tanta gente.

Una de las últimas veces que por allá la tierra se estremeció de tal forma fue en la época de Bolívar, en 1812, dicen los cronistas que más intenso que el de esta semana, y que El Libertador habría dicho: “si la naturaleza se opone, lucharemos contra la naturaleza”.

Está claro que, antes que los designios de la naturaleza, el problema en Venezuela —ahora— es el no estar preparados para enfrentarlos. No porque su bravo pueblo no quiera. Es que lleva mucho tiempo en manos de ladrones.

Seguiré viendo fútbol. Con la resaca al rojo vivo.

@JaimeHonorio

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