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Mauricio Rosillo
Puntos de vista

Bogotá: cuando una ciudad pasa de prometer a ejecutar

Las ciudades no se transforman cuando anuncian proyectos. Se transforman cuando logran ejecutarlos de manera sostenida. Y durante mucho tiempo, Bogotá tuvo dificultades para cerrar esa brecha entre la ambición y la realidad. Hoy, por primera vez en décadas, esa historia parece estar cambiando. 

La evidencia ya no está en los planes ni en las maquetas: está en la calle. Un metro que supera el 75 por ciento de avance, con casi 24 kilómetros en construcción; miles de trabajadores desplegados en obra; estaciones que empiezan a materializar lo que durante años fue solo expectativa. Al mismo tiempo, más de 22.000 viviendas sociales iniciadas en un solo año y cerca de 20.000 subsidios asignados marcan una reactivación que no se veía hace más de una década. 

Pero esto no se trata de hechos aislados. Lo que está en marcha va más allá de unas cuantas obras: es una agenda de ciudad, en la que convergen movilidad, vivienda, renovación urbana y nuevos equipamientos que empiezan a redefinir el perfil económico y cultural de la capital. 

Proyectos como el Hospital de Bosa, la ALO Sur, Accenorte, la troncal de la avenida 68 o iniciativas de renovación urbana como Polo reflejan una apuesta de largo plazo por una ciudad más moderna, conectada y competitiva. A esto se suma un reto evidente: infraestructura estratégica como el Aeropuerto El Dorado, que en su momento representó una transformación significativa, hoy empieza a quedarse corta frente al dinamismo y crecimiento de la ciudad, y plantea la necesidad de una ampliación acorde con su nueva escala.

Desde la banca hemos acompañado muchas de estas transformaciones. Solo en los últimos años, Bancolombia ha participado en la estructuración y financiación de proyectos estratégicos para la ciudad por más de 2,2 billones de pesos. A esto se suma la financiación por 2,93 billones de pesos del Plan Distrital de Desarrollo ‘Bogotá camina segura 2024-2027’, una apuesta que refleja la confianza en la capacidad de la ciudad para ejecutar y sostener una agenda de largo plazo. Más allá de las cifras, se trata de generar las condiciones para que las grandes apuestas urbanas se conviertan en realidades que mejoren la calidad de vida de las personas y fortalezcan la competitividad de Bogotá.

Y detrás de esa convergencia hay algo aún más relevante: confianza.

Porque la confianza no se construye únicamente con concreto. Se construye sobre la confianza de inversionistas que comprometen capital a largo plazo; de instituciones capaces de coordinar esfuerzos entre lo público y lo privado; de entidades financieras que estructuran proyectos complejos; y de ciudadanos que vuelven a creer que las transformaciones si pueden materializarse. 

Ese es, quizás, el cambio más importante. 

Mientras la ciudad se construye, también se está transformando por dentro. Bogotá ya no es la ciudad joven que crecía sin parar. Es una ciudad que envejece, que se educa, cuya economía se sofistica. Una ciudad cuyos ingresos dependen cada vez más de los servicios, el conocimiento y las actividades de valor agregado, sectores que hoy explican buena parte de su dinámica productiva. 

No es un dato menor: la capital concentra cerca del 25 por ciento del PIB del país y alberga más de 426.000 empresas activas. Esta transformación económica cambia también la naturaleza de sus necesidades.

Ya no se trata solo de expandirse. Se trata de funcionar mejor: reducir los tiempos de desplazamientos, ampliar el acceso a oportunidades, mejorar la calidad del entorno urbano y fortalecer la conexión de la ciudad con la región y con el mundo. 

En ese contexto, la infraestructura deja de ser una deuda histórica y se convierte en una palanca de desarrollo. El metro no es solo transporte, es productividad. La vivienda no es solo oferta habitacional, es inclusión y generación de empleo. La renovación urbana no es solo una apuesta estética, es competitividad.

Esa es la ecuación que está en juego.

Y por eso este momento resulta tan decisivo. No es frecuente que una ciudad tenga, al mismo tiempo, los recursos, los proyectos y la urgencia alineados.

Bogotá hoy tiene un presupuesto que supera los 40 billones de pesos y una agenda de inversión en movilidad que ronda los 50 billones de pesos. Tiene proyectos en ejecución, una creciente demanda social por mejores condiciones urbanas y una economía que genera nuevas oportunidades, pero que exige nuevas capacidades.  

Tiene, en otras palabras, todo para dar el salto. Pero también enfrenta un riesgo: que la ejecución no esté a la altura de la ambición. Que la coordinación institucional se fragmente. Que se pierda la continuidad necesaria para consolidar lo que hoy parece alineado. Porque construir ciudad no es únicamente inaugurar obras. Es sostenerlas en el tiempo, es terminarlas bien. Es integrarlas con el resto del sistema. Es hacer que funcionen.

Bogotá no está jugando a ser una mejor versión de sí misma. Está intentando convertirse en otra ciudad: una más productiva, conectada y competitiva. Esto dependerá de todos quienes en este momento hacemos parte de su historia y de esta gran transformación.
 

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